La conversación
«Amor urgente»
Al momento de la entrevista, Magdalena Matthey acababa de lanzar «Amor urgente», un disco que gestó durante un año y medio, con la cola de la pandemia, y que presentó primero en Temuco y luego en Santiago, de vuelta en un teatro después de mucho tiempo de conciertos en línea. El amor, dijo, siempre había atravesado sus canciones, pero esta vez sentía que tenía que nombrarlo: no solo el de pareja, también el comunitario y el amor con uno mismo, en un tiempo de apuro, polarización y violencia.
En el disco participa su amiga Paz Mera, cantautora a la que admira por su poesía. Lo grabó con el ingeniero Alfonso Pérez, con quien trabaja desde su segundo disco y que nunca le propone referentes: le dice que tiene que sonar como ella.
Magdalena presenta «Amor urgente», en el minuto 06:44
El amor es el hilo conductor de la vida, y hoy sentía que tenía que decirlo con su nombre: el amor, y el amor urgente.
Una casa larga y angosta
Es la menor de once hermanos. Su madre, Alicia Correa, era cantautora folclórica autodidacta, y la casa de su infancia, larga, angosta y de techos altos, sonaba a flauta traversa, cello, piano, guitarra y batería. Sus hermanos pasaron por el conservatorio; ella prefería la música popular y quedarse en silencio mirando a su madre componer y grabar. En casa se escuchaba de todo, de Violeta Parra y Pedro Vargas a Serrat, Silvio Rodríguez, Wagner, Led Zeppelin o Camilo Sesto, y esa mezcla le dio libertad para componer.
Estudió en la Escuela de Música Popular de la SCD, con Luis Advis como profesor y Eduardo Carrasco como director. En sus pasillos nació el grupo Agosto, con Alexis Venegas y Manuel Meriño, que la acompañaban en sus canciones.
No puedo encasillarme, porque no sé qué voy a hacer mañana. Y eso me encanta: no saberlo.
De Viña a un camino propio
En 1995 ganó la competencia folclórica del Festival de Viña del Mar con «María Leonor Lucía», y eso le abrió la puerta a su primer disco, «Latidos del alma» (1997), producido por Alberto Plaza en EMI. Contó que no sabía hacer arreglos ni qué quería, que dejó que otros decidieran por ella y que hasta le pidieron teñirse el pelo: sentía que cantaba algo que no era suyo. Por eso siguió de forma independiente, con «Del otro lado» (1999), un trabajo más colectivo, hecho con un Fondart y con músicos que entendían lo que quería decir.
Más tarde grabó «Mañana será otro día» con el ingeniero Álvaro Alencar, nominado cuatro veces al Grammy Latino, y, en 2012, «Viaje al corazón de Congreso», diez canciones de la banda de su compañero, Tilo González, llevadas a la intimidad para dejar en primer plano la palabra. Pese a su paso por Viña y otros festivales, confesó que sigue siendo tímida y que los escenarios grandes todavía la intimidan.
Magdalena cuenta cómo fue grabar su primer disco, en el minuto 30:40
Es más fuerte la necesidad de comunicarme a través de la música que ese temor o esa timidez que todavía conservo.
La muerte, la memoria y las compañeras
Desde «Si el alma se queda», todos sus discos tienen alguna canción sobre la muerte, un tema que viene de una familia grande y de muchas despedidas, y que con los años pasó de la tristeza a una «tristeza alegre». La memoria también está en «Me lo contó mi madre», un registro grabado a pulso en Valparaíso y en la casa de su madre en El Tabo.
Habló del valor de colaborar entre colegas, como en «El surco», de Chabuca Granda, que grabó a dúo con Elizabeth Morris, su compañera de escuela, con quien también cantó en los 50 años de la «Cantata Santa María de Iquique», junto a Quilapayún. Por entonces era consejera de la SCD, desde donde impulsaba concursos y la presencia de la música chilena en las radios. Cerró la entrevista cantando con su guitarra.
Magdalena explica por qué la muerte aparece en sus discos, en el minuto 68:11
Me parece necesario poder hablar de la muerte con libertad, como hablamos de la vida. Finalmente, la muerte es parte de la vida.



