“YO PENSÉ LO MISMO”
La Comunión entre Público y Artista
El 21 de marzo de 1990, Silvio Rodríguez visitó Chile tras 17 años de prohibición por la dictadura. El concierto fue multitudinario y se realizó en el Estadio Nacional. En un momento, cantó "Pequeña Serenata Diurna", cuya última frase reza: "Soy feliz, soy un hombre feliz y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad".
La frase cobró un sentido profundo. Éramos felices de tener a Silvio con nosotros, pero estábamos en un recinto que, al inicio de la dictadura, fue usado como centro de detención, tortura y muerte. La canción terminó con una ovación, pero había una sensación latente, masiva y evidente. Aunque nadie dijo nada, de alguna forma, todos sabíamos que el de al lado estaba sintiendo lo mismo. De pronto, esa conexión fue interrumpida por el propio Silvio, quien sentenció: "Yo pensé lo mismo", redoblándose al instante los aplausos del público.
Nota aparte: La posterior transmisión de TVN, base de los videos en YouTube, intercala inoportunamente una tanda comercial justo al final de la canción, diluyendo parte de la sensación del momento.
Esa conexión mental o sensorial que experimentaron Silvio Rodríguez y el público se conoce como empatía masiva o sincronización colectiva. También se puede describir como un entendimiento tácito o comunión entre las personas, donde un sentimiento o pensamiento se comparte de manera simultánea sin necesidad de ser expresado verbalmente. Y la música nos ha regalado muchísimos de estos momentos.
Probablemente, uno de los ejemplos más extraordinarios de esta sincronización colectiva aconteció en el mismo lugar y año. El 13 de octubre de 1990, también en el Estadio Nacional, se presentó Wynton Marsalis en el concierto de Amnistía Internacional "Desde Chile un Abrazo a la Esperanza".
Los shows comenzaban temprano, y Marsalis debió presentarse alrededor de las 8 de la noche. Llevábamos largas horas viendo pasar artistas y, en algunos casos, se notaba ya un dejo de cansancio. En ese contexto, y ante el oído inexperto, quizás no era el mejor momento para su espectáculo. Recuerdo haberle comentado a otro asistente sentado delante de mí: “Me temo que el público no le va a hacer mucho caso”. “Aquí lo vacilamos, compadre”, me respondió. Y como si mi vecino hubiese sido un pitoniso, al tercer tema, llamado "Play the blues and go", ocurrió la magia.
Uno de los músicos de Marsalis interpretó unas notas que al público le recordaron instantáneamente el coro de "El Rock del Mundial", una vieja canción chilena de 1962. De pronto, 80.000 personas empezaron a corear: "Tómala, métete, remata, gooooool, gol de Chile, un sonoro ceacheí y bailemos rocanrol". El tiempo de la canción calzaba perfecto con los versos coreados por la gente, y los músicos comenzaron a improvisar en función de ellos. Wynton Marsalis describió este episodio como un momento único en la historia de la música. Para cuando la banda tocó el siguiente tema, "Jungle Blues", el concierto se había convertido en una verdadera fiesta.
Seguramente, a esta altura, ya te has recordado varias anécdotas similares que presenciaste o te tocó vivir. Yo recuerdo un episodio en uno de los conciertos de despedida de Los Prisioneros, en su primera separación, cuando al tocar los primeros acordes de “Corazones Rojos”, el público comenzó a corear “¡Hey mujeres!”, adelantando el coro a la introducción de la canción, pero calzando perfectamente en el tempo del grupo. Tuve el gusto de asistir a muchos conciertos de Los Prisioneros, y doy fe de que aquello no era habitual.
Pero también hay ejemplos que están tan interiorizados y asumidos que solo nos llaman la atención ante su ausencia. Al mirar las imágenes del reciente y polémico show de Fito Páez en Lima, llama poderosamente la atención que la gran mayoría del público no hiciera girar sobre su cabeza alguna prenda de vestir al ritmo de “A Rodar Mi Vida”, como es la costumbre.
Wynton Marsalis
¿Qué dice la Ciencia?
La Música como Puente Hacia la Empatía Colectiva: Entendiendo la Conexión Grupal
Cuando miles de personas cantan al unísono en un concierto o se conmueven simultáneamente con un himno, no es casualidad; es una profunda manifestación de lo que en el ámbito académico se conoce como empatía colectiva en la música. Este fenómeno no es solo un sentimiento, sino una compleja interacción psicológica y neurológica que nos une a nivel grupal.
Para los expertos en psicología y neurociencia, la clave está en cómo la música logra la sincronización de las emociones. La empatía, nuestra habilidad para conectar con el sentir del otro, se desdobla en dos vías cruciales durante una experiencia musical:
1. La Emoción Percibida (Cognitiva): Es cuando simplemente comprendemos el sentimiento que la pieza intenta expresar (por ejemplo, al reconocer que una melodía en modo menor es "triste").
2. La Emoción Sentida (Afectiva): Es cuando la música realmente nos induce esa emoción, haciéndonos sentir alegres, melancólicos o eufóricos.
El motor de la conexión grupal es la Sincronización simultánea en tres niveles:
Afectiva: La música, con sus ritmos y armonías, libera sustancias químicas cerebrales, como la dopamina, en todos los presentes. Esto crea una euforia o una tristeza compartida.
Motora o Comportamental: Es cuando todos se mueven, aplauden o bailan al mismo tiempo. Esta sincronización física activa nuestras neuronas espejo, haciéndonos sentir parte de un solo cuerpo rítmico.
Neural (Brain Coupling): La neurociencia ha observado que los patrones de actividad cerebral de los oyentes pueden coordinarse, lo que se traduce en esa sensación subyacente de que "todos estamos en la misma onda".
Esta sintonía grupal se amplifica gracias al contagio emocional, un proceso casi automático donde el estado afectivo de uno se irradia al resto, haciendo que las emociones individuales se vuelvan colectivas. En definitiva, la música actúa como una Esfera de Resonancia. Al ser afectados por la melodía, los participantes en el ritual colectivo se sienten capaces de responder (cantando, bailando), fortaleciendo su sentido de pertenencia y experimentando una ligera transformación social. Así, la música va más allá del entretenimiento: es un poderoso pegamento social que nos hace sentir vistos, comprendidos y profundamente conectados.
De lo Colectivo a lo Individual, o Viceversa
Pero ¿qué es lo que hace que una sensación o emoción que sentimos respecto de un artista o canción se convierta en colectiva? Y si, por contradictorio que suene, ¿hay muchísimas más respuestas hacia una canción o hecho musical que son colectivas, pero que no lo sabemos, porque no compartimos la reacción?
En un mundo interconectado por las redes sociales y la asistencia a eventos desde la comodidad de nuestro televisor o notebook (sobre todo a partir de la pandemia), ¿cómo sabemos lo que está sintiendo, pensando o reaccionando otra persona que está mirando o escuchando el mismo evento que yo, en el mismo momento, pero en otro lugar? Más aún, incluso pueden estar reaccionando igual que yo en otro tiempo, viendo el video hasta años después.
Esto que se hace más latente ante el fenómeno de las redes sociales, en realidad, siempre ha ocurrido.
Cuando estuvimos haciendo programas para Radio Tricolor, produje el mini espacio “Crónica de la Canción”, que se centraba en la historia detrás de la letra, la grabación o la producción de un tema. Como la radio tocaba solo música chilena, las cápsulas grabadas versaban únicamente sobre canciones chilenas, pero también teníamos material de otros países.
Un ejemplo es la canción “Amiga” que popularizó Miguel Bosé. Si bien fue parte de su primer disco, en Chile se hizo muy popular a partir de su primera venida al Festival de Viña en 1981. Como siempre ocurre, todo el mundo tiene una interpretación sobre la letra de esta canción, que nunca ha dejado de sonar en radio. Recuerdo muy tempranamente haberle dicho a una amiga que, para mí, trataba de alguien que había fallecido.
Muchos años después, y a propósito del espacio radial, vine a confirmar que la canción había sido escrita por Luis Gómez-Escolar en memoria de la cantautora Cecilia, tras su fallecimiento. Y si bien en ese momento puedes vanagloriarte por tu capacidad para interpretar las letras, también me ocurre que me pongo a pensar en cuántas personas habrán tenido la misma sintonía con la letra.
Silvio, otra vez
Pensando en posibles sincronías colectivas que no sabemos si lo fueron o no, porque nadie lo exteriorizó, vuelvo al caso de Silvio Rodríguez. Alrededor de 1985, una periodista de La Tercera logró hacerle una entrevista telefónica a Silvio, la cual salió en un pequeñísimo suplemento. Sin embargo, la portada del diario anunciaba la entrevista con un “Chile, allí me tendrán” y la foto del artista cubano. El impacto fue importante, ya que, como dije al inicio de este artículo, Silvio estaba prohibido en Chile, por lo que era bastante improbable que “lo tuviéramos”, como anunciaba el titular. En la entrevista, la periodista, en la clásica confusión de que quienes tienen una posición política de izquierda y comunista en particular deberían ser monjes franciscanos, le pregunta el porqué ofrece cien mil o un millón por encontrar su unicornio azul. El artista le retruca que en la letra nunca nombra una moneda; puede ser cien mil o un millón de cualquier cosa. Según las propias palabras de la periodista, al finalizar la llamada ella le dice “Un millón de gracias” y él le responde “Encontré tu unicornio”. Volviendo a marzo de 1990, hacia el final del concierto, Silvio cantó algunas canciones solo acompañado de su pianista, entre ellas “Unicornio”. Mientras la interpretaba, mi pensamiento viajó a esa entrevista. Justo luego de decir “Cien mil o un millón” agrega: “De amor”. En ese instante, la cabeza me explota y me pregunto cuántas personas más habrán estado pensando en el mismo episodio.
Comunidad de Lokko y Paneo Army
Después de abordar todo lo planteado, es fácil concluir que, cuando en época de pandemia y encierro nos conocimos en los chats de las transmisiones de Lokko y luego confluimos a su comunidad en Discord, lo que estaba sucediendo era evidente: estábamos convirtiendo todas esas sensaciones y emociones personales que nos produce la música en emociones colectivas. Estábamos construyendo puentes, estábamos descubriendo nuestras empatías colectivas. De pronto, supimos que había más personas que sentían, reaccionaban y pensaban similar al interactuar con la música. Y es esa conexión la que, después de un tiempo de evolución y una historia ya conocida, nos llevó a coincidir en la creación de Paneo Army, aventura que ya nos acompaña por más de 3 años.
Y para concluir el capítulo de esta semana, les dejo con la historia de una posible sincronía musical, que puede ser colectiva o no, según sea la respuesta de otras personas a una canción determinada. Estábamos, como Paneo Army, compartiendo un programa especial con nuestros queridos amigos de “La Nueva Imperial”, que venían a mostrarnos su disco “Deshojado el Lirio”. En un momento, nos detuvimos en la canción “Barco Viejo”, tema que adoro. Por parte de la banda, nos acompañaba Sebastián. Al terminar de escuchar la canción, le comento a Sebastián que el tema, con su letra y su atmósfera musical, me lleva a un documental de Los Jaivas, en específico a un pasaje donde se relata la partida de ellos desde Zárate, Argentina, a París, Francia, viaje que realizaron en barco. El documental cuenta que, cuando el barco zarpa, hay una cantidad impresionante de gente despidiéndolos y que Gato corrió a los camarotes y trajo las trutrucas, las cuales tocaron mientras la gente les hacía señas de despedida. Acto seguido, Mónica Monsalve, esposa de Gato, relata sus sensaciones cuando el barco se empieza a alejar cada vez más de la costa y la ciudad, y la gente se empieza a achicar hasta desaparecer. Sebastián me dice: “Es curioso que menciones ese documental, porque nosotros lo vimos con el Lalo y su pareja y nos llamó mucho la atención esa imagen de cómo la tierra va desapareciendo hasta que es solo agua… Es curioso porque a lo mejor ahí está el origen de la canción. No sé, Lalo tendría que responderlo”. ¿Y le pregunté a Lalo? No, no lo hice. Ya sea en un estadio colmado o en un chat de Discord, estas historias demuestran que la música es mucho más que sonido: es un espejo de nuestras almas y un poderosísimo pegamento social. La sincronía, el sentir que "el de al lado piensa lo mismo", es la esencia de lo que nos une como oyentes y como comunidad. Fue esa búsqueda de eco y resonancia la que nos llevó a esta aventura que ya nos acompaña por más de tres años y que sigue vibrando con cada nueva melodía.
Así que, en lugar de buscar una respuesta que podría "matar la ilusión" de una conexión tan hermosa como la de "Barco Viejo", prefiero quedarme con la certeza de que la magia existe. La música nos regala estas sincronías, latentes o expresadas, que nos recuerdan que no estamos solos en lo que sentimos.
Y ustedes... ¿qué momento de conexión mental con la música, grande o pequeño, colectivo o individual, nos pueden compartir? Escríbenos en nuestras redes y hagamos de sus historias una nueva sinfonía de empatía.
La Nueva Imperial


