El sueño de vivir afuera
Vivir en el extranjero no es tan bonito ni tan fácil como suele imaginarse. Viajar como turista siempre resulta más atractivo que instalarse de manera permanente en otro país.
Cuando recorres Europa, el Caribe o la misma Sudamérica, descubres lo maravilloso que es el mundo. Entonces aparece, casi automáticamente, una pregunta: «¿Y si yo viviera aquí, wn ooh?».
La idea provoca una sonrisa y abre la puerta a muchas escenas soñadas:
- cruzar un puente en Londres;
- tomar un café en las islas griegas;
- sentarse en la zona VIP del carnaval de Río de Janeiro;
- o llevar una vida más tranquila y sencilla, con dinero suficiente y, sobre todo, más tiempo para uno mismo.
Cuando el sueño se encuentra con la realidad
La verdad es que el mundo de los sueños suele quedar lejos de la realidad. No por falta de capacidad, sino porque idealizamos el lugar, la situación y la vida que creemos que tendremos.
Cuando decides migrar, aparecen muchas trabas y, sobre todo, decepciones. No se trata simplemente de cambiarse de casa: debes conocer y aceptar una cultura que, por lo general, es muy distinta de la tuya. Cambian los acentos, las palabras y sus significados —a veces incluso pueden resultar ofensivos—, además de la comida, la religión, las costumbres, los gustos y la música.
Al principio, todo parece mágico. Después comienzan las comparaciones, una especie de marca registrada de los chilenos. Pensamos que todo debería funcionar igual o mejor, cuando muchas veces no es así.
No se trata de ser malagradecido. Al contrario: llegamos esperando encontrar algo mejor que «la mierda de Chile». Porque nosotros mismos solemos decir que todo está mal; para pelar y hablar mal de alguien, de una institución o de un equipo de fútbol, somos campeones. Sin embargo, al mismo tiempo repetimos: «Somos el mejor país de Chile». Pucha, los weones bipolares.
Septiembre activa el patriotismo
En este camino de ser chileno en un país extranjero, hay otro gen —el tercero— que se activa semanas antes del 18 de septiembre. Algunos lo llaman patriotismo; yo diría que son unas ganas enormes de webiar, con todas las terminaciones en «-ar» posibles.
Basta con que llegue septiembre para ponerse de buen humor, porque uno sabe lo que viene: la familia, los amigos, la comida, las fondas y los asados. Y, ojo, ¿qué excusa puede ser más justificable que la patria?
Celebrar lejos no es lo mismo
Pero vivir estas fechas en el extranjero es distinto. Aunque lo celebres con la comunidad chilena, no es igual: es como preparar un terremoto con vino blanco o comerse una empanada de pollo. Simplemente, no es lo mismo.
Peor aún si vives solo: ahí cagaste. Con el himno ya se te vienen los mocos; imagínate cuando ya te entró «Agua en el bote»: te querís puro morir.
Siendo franco, uno no extraña solamente la tierra y el mar. Extraña los momentos, las personas y hasta los sabores. Es un collage de sentimientos y recuerdos: esa persona que ya marchó, la familia en el sur, los amigos y una alegría difícil de comparar.
Entonces se te cae la teja y aparece la pregunta: «¿Por qué me vine de Chile?». A pesar de todo lo malo, allá me sentía bien. Esa era mi casa, mi gente y mis costumbres. La pregunta te carcome hasta el tuétano y te obliga a tomarte el trago número 38 de la noche.
La música que se extraña
No quiero hablar de música hoy, pero en esos días se echan de menos la cueca, la tonada, las cumbias de Los Vikings 5, René Inostroza, Bordemar, Violeta Parra, Víctor Jara y Margot Loyola, entre tantos otros.
Entre la alegría y la nostalgia
En fin, quería escribir un blog más extenso, pero recordar estas fiestas lejos de Chile despierta sentimientos encontrados. Por un lado, está la alegría de celebrar; por el otro, pesa la nostalgia y la sensación de haber dejado la mitad del alma en ese Chile tan querido y odiado a la vez.
Pero Chile es tuyo, y quizá nadie en el mundo entienda por qué celebramos así nuestras Fiestas Patrias.
¡Salud, gancho!


