Llevo más de veinte días en Suecia, en casa de mi madre. Aquí la programación musical la decide ella, y lo que empezó como ruido de fondo terminó convertido en una investigación sobre mi propia infancia.
La curadora de esta casa
Hay un parlante en la cocina que suena desde temprano. Mi madre le habla, le pide cosas, se equivoca, insiste, y el aparato termina obedeciendo. En esa lista entra bastante de la nueva ola chilena, entran Queen, entran ABBA —que acá son los locales— y entra una cantidad de música que yo no pongo nunca en mi día a día. The Carpenters. Alberto Plaza. Alan y sus Bates. Tormenta. Julio Iglesias. Adamo. Mocedades. Algo de disco cuando el día lo pide.
Podría haberlo tomado como música ambiental y seguir en lo mío. Preferí escuchar. Han sido semanas de recuerdo, de exploración y también de descubrimiento, que son tres cosas distintas y las tres han estado ocurriendo al mismo tiempo en la misma cocina.
Vale la pena detenerse un segundo en lo que significa esa lista. Un asistente de voz responde a lo que uno le pide, así que lo que suena aquí no lo decidió ningún algoritmo de recomendación: lo decidió una mujer de 68 años que se acuerda de los nombres. La curaduría es humana, tiene biografía, tiene errores y tiene tercos favoritos que vuelven cada dos días. Es lo más parecido a una radio de autor que he escuchado en años.
Un nombre que no conocía
En una de esas conversaciones, té de por medio, me contó que cuando yo nací había un dúo que sonaba mucho en las radios chilenas: Bárbara y Dick.
No los conocía. Cero. Y llevo suficientes años escuchando y programando música como para que eso me haga ruido.
Busqué “Respirando”, uno de sus temas más recordados, y lo puse. Musicalmente es la fórmula clásica del dueto mixto: dos voces que se turnan y se encuentran en el estribillo, una balada de tempo medio, arreglo orquestal, y un puñado de guiños de raíz que funcionan como adorno más que como columna del género. Sonido muy propio del canon de producción de los setenta.
Detrás del nombre hay una historia de peso. Bárbara y Dick fueron Bárbara Bourse y Fernando “Dick” Sustaita, un dúo argentino cuya fama cruzó las fronteras de su país hasta volverse un ícono continental. Debutaron en grande: el Primer Festival de la Canción de Mar del Plata, el 11 de febrero de 1966, en la playa Bristol, compartiendo cartel con José Feliciano, Jimmy Fontana y Peggy March. Al año siguiente estaban instalados: en la semana del 20 de mayo de 1967 tenían tres canciones simultáneas en el Top Ten argentino. Su mayor éxito fue “El funeral del labrador”, grabado además en varios idiomas, y junto a “Ámame” y “Respirando” completan el trío de temas por los que se les recuerda.
Y ahí, cuando fui a buscar la ficha de “Respirando” para escribir esta columna, me llevé el golpe.
El error de oído
La canción está firmada por Lucio Battisti y Mogol.
Es italiana. Battisti la incluyó en su álbum de 1976 La batteria, il contrabbasso, eccetera, un disco que él mismo grabó completo también en castellano. El single de Bárbara y Dick salió ese mismo año por RCA, con la orquesta de Horacio Malvicino.
O sea: yo escuché ese tema, le oí “reminiscencias del interior” argentino, lo archivé mentalmente como una balada rioplatense con perfume de raíz, y estaba escuchando pop italiano traducido, cantado por dos porteños, que sonaba en radios chilenas el año en que yo nacía.
Podría haber corregido el dato en silencio y presentar acá una versión ordenada de mí mismo. Lo cuento porque el error dice más que el acierto. Mi oído hizo exactamente lo que hacen todos los oídos: rellenó lo que no sabía con lo que sí conocía.
Todo era música migrante
Una vez que aparece ese hilo, la lista completa de mi madre se reordena sola.
Adamo, que a mí me llegó como un cantante en español de las radios de mi casa, nació en Sicilia y creció en Bélgica, hijo de un minero emigrante. Julio Iglesias construyó una carrera grabando el mismo repertorio en cinco idiomas según el mercado. Mocedades eran vascos exportando un sonido que en Chile escuchábamos como propio. Battisti, ya lo dije, grababa discos enteros en castellano; su “Il mio canto libero” existe también como “Mi libre canción”, con versiones en francés, inglés y alemán.
Y el propio dúo que abrió esta columna es el mejor ejemplo de todos. “El funeral del labrador”, su mayor éxito, no era suyo ni era argentino: es “Funeral de um lavrador”, un poema de João Cabral de Melo Neto que musicalizó Chico Buarque. Bárbara y Dick lo grabaron en español, y la canción existe además en italiano y en el portugués original, que es la versión que dio la vuelta al mundo. Un texto brasileño, cantado por dos porteños, sonando en las radios chilenas. La cadena completa estaba ahí desde el principio y yo no la había visto.
Nada de eso llegó a Chile por casualidad ni por afinidad espiritual entre los pueblos. Llegó porque había una industria funcionando: sellos multinacionales con oficina en Buenos Aires, Madrid y Milán, equipos de adaptación de letras, presupuestos de promoción y programadores de radio decidiendo qué versión entraba en rotación. Toda una maquinaria de traducción cultural, montada para que una canción escrita en Roma sonara natural en un living de Ovalle.
La banda sonora de mi infancia chilena ya era música migrante mucho antes de que a mí se me ocurriera cruzar un océano. Escuchar esto desde Suecia, con un pasaporte en el velador y tres meses de estadía por delante, tiene su ironía y también su consuelo.
Y hay una lección para el presente, porque nada de esto es nostalgia inofensiva. Hoy discutimos la circulación internacional de la música chilena como si fuera un problema nuevo, resuelto por playlists y algoritmos. Aquel sistema de los setenta era pesado, caro y controlado por muy pocas manos, y aun así movía repertorio de un continente a otro con una eficacia que todavía impresiona. La pregunta que me queda es cuánta de la música chilena de hoy va a estar sonando, dentro de cincuenta años, en el parlante de la casa de alguien que emigró.
Aunque parte de la respuesta ya la tenía guardada en el teléfono. En el Malmöfestivalen de 2023 le saqué una foto a la pantalla que anunciaba a Ana Tijoux para las siete de la tarde, y me acuerdo perfectamente de la alegría de verla ahí: una chilena en la grilla, en Escania, anunciada con la misma naturalidad que cualquier otro nombre del cartel. No alcancé a verla en vivo, eso sí — por esos días andábamos de roadtrip por Europa con mi madre y un grupo de amigos. Pero la foto quedó, y hoy me sirve de prueba.
El Chino Monroy
Cambio de tono, porque esto también fue parte del viaje.
En una visita al supermercado, mi madre empezó a nombrarme las masitas dulces de la sección pastelería con sus respectivos nombres suecos. Ejercicio de idioma y de memoria, los dos al mismo tiempo. Entonces veo unos rollitos de canela, que yo suelo llamar por su nombre en inglés, y le digo:
—Estos son cinnamon rolls.
—Yo no conozco al Chino Monroy.
Quedamos tirados de la risa en pleno pasillo. Y quedó sellado: de ahora en adelante, cada vez que pasemos por una pastelería, el Chino Monroy está presente. Ya no se llama rollo de canela, ya no se llama cinnamon roll, y tampoco se llama por su nombre sueco, que es kanelbulle. Queda registrado y patentado como Chino Monroy.
Lo simpático es que eso tiene nombre técnico: se llama mondegreen, y es el fenómeno de oír mal una frase y reconstruirla con las palabras que uno sí maneja. Es exactamente lo que le hicimos todos, generación tras generación, a las letras en inglés que cantábamos sin entender. Es lo mismo que le hice yo a “Respirando” cuando le atribuí un origen que no tenía. El oído siempre completa con lo que ya conoce, y en ese relleno se nos cuela la biografía entera.
De paso, aprendí que el kanelbulle tiene su propio día nacional. Se celebra cada 4 de octubre, fue instituido en 1999 por Kaeth Gardestedt, entonces a cargo de proyectos del Hembakningsrådet, y entró al almanaque sueco en 2004. El dato que me terminó de convencer: ella era de Malmö, la misma ciudad donde estoy escribiendo esto, así que la idea nació en Escania. Los suecos se comen alrededor de 316 millones de estos rollos al año, unos treinta por persona.
Un kanelbulle en Estocolmo. Foto: Kritzolina, vía Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 4.0.
El 4 de octubre todavía voy a estar acá. Así que este año, en esta casa, se celebra el Día del Chino Monroy.
La ciudad que se paga su propia fiesta
Llegué justo cuando partía el Malmöfestivalen, y aunque en 2023 sí lo recorrí, este año lo dejé pasar. Igual conviene mirarlo de cerca, porque hay ahí una lección de gestión cultural que a Chile le sirve.
Los datos: el festival existe desde 1985, lo organiza una repartición de la propia municipalidad de Malmö, y su versión 2026 se realizó del 7 al 14 de agosto con más de veinte escenarios y sobre novecientas actividades programadas. La ciudad cierra calles del centro entre el 3 y el 17 de agosto para montarlo y desmontarlo. El escenario principal se instala en la plaza mayor. Y el punto central: no se venden entradas ni pases de ningún tipo, la entrada es libre a todas las actividades, y el festival se financia con impuestos.
Ocho días. Una ciudad de tamaño mediano. Novecientas actividades. Artistas locales y regionales compartiendo grilla con nombres suecos e internacionales. Cero pesos en la puerta.
No voy a caer en el lugar común de decir que allá todo funciona y acá nada. La comparación honesta pasa por otro lado: por preguntarse quién paga la fiesta y qué se espera a cambio. Aquí la respuesta es explícita y está publicada en el sitio del festival: la paga la ciudad con dinero público, y lo que espera a cambio es que la gente ocupe sus plazas durante ocho días. En Chile la conversación sobre financiamiento cultural sigue girando en torno a fondos concursables, auspicios y taquilla, con el resultado conocido de que el acceso queda amarrado al bolsillo de cada quien.
Un municipio decidiendo que la música en la plaza es un servicio y no un espectáculo rentable. Ese es el punto que me llevo.
Escuchar Chile a doce mil kilómetros
Han sido días de cierta desconexión con lo que pasa en Chile, en parte por el cambio de hora, que es suficiente para desarmar cualquier intento de seguir el ritmo noticioso nacional. Cuando allá recién se está armando el día, acá ya se me fue la tarde.
Y ocurre algo curioso con esa distancia. La música chilena que suena en esta cocina llega despojada del contexto que uno le pone en Chile: sin la polémica de la semana, sin quién se peleó con quién, sin el ruido de la industria. Queda la canción sola, defendiéndose a sí misma frente a una señora que la escucha en Escania porque le gusta. Varias aguantan muy bien esa prueba. Otras, francamente, se caen sin el andamiaje.
Quién iba a pensar que estando tan lejos de casa iba a terminar encontrándome con una lista de música que escucho muy de vez en cuando, y con un nombre nuevo de una escena de hace cincuenta años.
Lo que viene
Cierro con el sueño, que ahora tiene fecha.
Me encantaría recorrer los grandes festivales del verano europeo. Roskilde, en Dinamarca, a poco más de una hora en tren desde donde estoy. Way Out West en Gotemburgo, Sweden Rock, Primavera Sound en Barcelona, Sziget en Budapest, Rock Werchter en Bélgica, Paredes de Coura en Portugal. Y como guinda de la torta, el mítico Glastonbury.
Con Roskilde me pasa algo que vale la pena contar, considerando cómo empezó esta columna. Mis amigos de Golosa La Orquesta han tocado varias veces en Dinamarca, y tengo la certeza de que estuvieron en Roskilde. Lo que no logro confirmar es si fue en ese festival grande o en otra instancia de la ciudad. Me inclino a creer que sí fue el festival. Dejo la duda planteada acá mismo, porque después del asunto de Battisti quedé con el oído más humilde, y porque prefiero preguntar antes que repartir credenciales ajenas. Si alguien tiene el dato, lo recibo.
Sea cual sea la respuesta, el fondo se sostiene: una banda chilena de raíz circulando por el circuito danés de festivales, a una hora en tren de donde escribo esto. Ese camino existe hoy y hace cincuenta años no existía.
Averigüé cómo está la cosa y resulta que este 2026 no hubo Glastonbury: el festival tomó un año de barbecho, una tradición suya para que la tierra de Worthy Farm, las vacas y el equipo descansen; los anteriores fueron en 2018 y 2012. El próximo ya está confirmado para el miércoles 23 al domingo 27 de junio de 2027. Para postular a una entrada hay que registrarse antes en el sistema oficial: el registro es gratuito, pide una foto tipo pasaporte, y lo necesita cualquier persona de trece años o más. Ya está abierto. La venta de entradas se espera para fines de octubre o comienzos de noviembre de este año.
O sea, la venta cae mientras yo todavía ando por Europa.
Por alguna razón siento que estoy cada vez más cerca de lograrlo. Y esta vez la razón tiene nombre, fecha y formulario.
Si llegaste hasta acá y alguna vez le cambiaste la letra a una canción en inglés, ya sabes lo que es un mondegreen. Cuéntanos el tuyo. El Chino Monroy tiene hambre de compañía.


