Hubo una época — sí, esa donde los televisores eran más profundos que las letras de reggaetón actual — en que hacer música era casi un ritual sagrado. Bastaba con tener talento, una guitarra, y que algún productor con bigote te viera en un bar de mala muerte. Si tenías suerte, te fichaba un sello discográfico, te metían en la rotación radial, y ¡pum!, eras famoso. MTV, VH1 y MuchMusic eran los dioses del Olimpo musical, y si tu videoclip salía ahí, podías caminar por la calle como si fueras el Mesías del pop alternativo. Ni hablar del impacto que fue ver el video de We Are Sudamerican Rockers abriendo la señal latinoamericana de MTV. En Chile, bandas como La Ley, Los Tres o Lucybell no solo hacían música: dictaban estilo, estética y existencialismo adolescente. El hip-hop local vivió su propio renacimiento con Tiro de Gracia, Makiza y Los Tetas, que lograron colarse en la tele entre comerciales de yogurt y teleseries. Pero si no tenías producción pulida, quedabas fuera. La industria era una ruleta rusa con filtro de clase, estética y rating. La música era un privilegio mediático, y el acceso dependía de cuánto brillo podías proyectar en pantalla.

Luego llegó Internet y se fue todo al cloud

Con los 2000 llegó la Internet, y con ella, el caos. La música dejó de ser un fenómeno colectivo para convertirse en una experiencia solitaria, como llorar escuchando una playlist que te armó un algoritmo con complejo de terapeuta. Los sellos discográficos empezaron a tambalear, los CDs se volvieron posavasos, y los artistas tuvieron que aprender a ser community managers, diseñadores gráficos, editores de video, expertos en SEO y, por supuesto, influencers de sí mismos. El arte fue reemplazado por el contenido, y el contenido por el scroll infinito. Las plataformas de streaming —Spotify, Apple Music, YouTube, y sus clones— democratizaron el acceso, sí, pero también convirtieron la música en fast food emocional. Hoy, lanzar una canción es como tirar una botella al mar... pero el mar está lleno de botellas, tiburones y anuncios de cremas anti-edad. El royalty por reproducción es tan miserable que necesitas millones de plays para pagar un completo con palta. Y ni hablar de los algoritmos: si no encajas en una playlist curada por un bot con gusto dudoso, tu canción muere antes de nacer. La industria se volvió líquida, volátil y desalmada. Ya no hay contratos millonarios ni giras épicas por defecto. Hay métricas, engagement, y la eterna pregunta: “¿cuántos seguidores tienes?”. El talento quedó atrapado en una jaula de likes, y el alma de la música se convirtió en KPI — indicadores claves de performance —, muy propio de la cultura empresarial y corporativa.

2025: El músico como chamán digital

Hoy, hacer música es como surfear en medio de una tormenta de datos, egos inflados y glitches creativos. Los instrumentos tradicionales conviven con sintetizadores cuánticos, secuenciadores de ADN y plugins que te dicen si tu canción es “viralizable”. La inteligencia artificial no solo compone: te corrige, te juzga y te sugiere que le pongas autotune hasta al silencio. A veces, incluso te recomienda que no la publiques. Los conciertos son hologramas con fallas técnicas, donde puedes ver a tu banda favorita tocando en Saturno mientras tu conexión a Internet se cae. El público ya no aplaude: reacciona con emojis, y si no haces un reel con tu proceso creativo, simplemente no existes. La música se volvió una performance de backstage, donde lo que importa no es lo que suena, sino cómo lo vendes. Pero en medio de este caos, hay quienes resisten. Quienes no se rinden ante el algoritmo ni se diluyen en la estética del feed. En Paneo Army lo sabemos bien. Hemos visto cómo artistas de verdad siguen creando desde la raíz, desde el cuerpo, desde el territorio.

Artistas que sí están haciendo las cosas bien

**El Cruce**, que sigue encendiendo escenarios con su blues chileno, manteniendo viva la raíz con una fuerza que no se negocia. Su sonido es testimonio, no tendencia.

 **Rebenke Rock Campesino**, que mezcla lo rural con lo eléctrico, lo ancestral con lo contestatario, y lo hace con una identidad que no cabe en ningún algoritmo. Su música es tierra, es pueblo, es resistencia.

 **Angelo Pierattini**, que ha sabido reinventarse sin perder profundidad, conectando lo íntimo con lo épico en cada canción. Su obra es un viaje emocional que no necesita filtros.

 **Catalina y Las Bordonas de Oro**, que transforman lo popular en ritual, lo cotidiano en poesía, y lo femenino en potencia sonora. Su presencia en escena es un acto político y espiritual.

 **Dúo Constanzo Molina**, que desde la raíz folclórica construyen puentes entre generaciones, territorios y memorias. Su música es conversación, es legado, es abrazo.

 **Golosa La Orquesta**, que desafía géneros, formatos y expectativas, creando una experiencia musical que es tanto espectáculo como manifiesto. Su propuesta es carnaval, es crítica, es goce.

   Estos artistas no solo hacen música: construyen comunidad, visibilizan lo invisible, y desafían el modelo extractivista de la industria. No se adaptan al algoritmo: lo hackean. No buscan likes: buscan sentido.

Paneo Army como testimonio y difusor

 En Paneo Army lo sabemos bien. Cada canción, cada reel, cada contrato, cada festival que documentamos es parte de esa trinchera creativa. Porque si el algoritmo no entiende tu alma, entonces hay que enseñarle a sentir. Y si el sistema no te da espacio, hay que construirlo desde cero, con tus propias manos, tus propias redes, tu propia voz. Hacer música en 2025 no es una quimera. Es una batalla espiritual, una estrategia de visibilidad, y una forma de seguir diciendo: “Aquí estamos. No nos rendimos. Seguimos creando”.