Todos tenemos una. Esa canción que bajamos discretamente cuando alguien entra a la habitación. El hit pop excesivo, la balada cebolla, el tema adolescente que juramos escuchar “solo por nostalgia”. El llamado placer culpable musical parece una broma cultural inofensiva, pero en realidad abre una pregunta profunda: ¿por qué sentimos que debemos justificar el placer? Este artículo propone mirar el fenómeno desde varias aristas —vivencial, social, neurológica y cultural— para explorar una hipótesis central: el placer culpable no habla de la música en sí, sino de nuestra relación con la identidad, la memoria y el juicio social.
Una escena de iniciación: aprender a esconder el gusto
A fines de los años 80 y comienzos de los 90, un amigo de mi hermano —que con el tiempo terminó siendo amigo de toda la casa— se definía a sí mismo como metalero. Y lo era: era un seguidor devoto de Metallica. Pero, como a casi todos los que nos reuníamos en ese grupo, también le gustaban mucho Los Fabulosos Cadillacs. ¿Y por qué no habrían de gustarle? Tenían canciones irresistibles y un show tan energético que encendía a cualquiera.
Una tarde estábamos en su casa cuando llegó otro metalero que había conocido en un concierto. Quiso mostrarle su colección de música y sacó una caja de cartón donde guardaba sus cassettes —sí, cassettes—. El recién llegado recorrió la colección con la mirada hasta detenerse en un grupo que no encajaba con la ortodoxia del metal.
“¿Te gustan Los Cadillacs?”, preguntó, con un tono que no era simple curiosidad, sino una especie de examen.
La respuesta fue instantánea: “No, esos cassettes son de mi hermana”.
Recuerdo haberme quedado sorprendido. No por la mentira en sí, sino por la facilidad con la que renunció públicamente a un gusto que yo sabía genuino. En cuestión de segundos, la música dejó de ser placer para convertirse en credencial social. Mantener el estatus dentro del grupo parecía más urgente que reconocer lo que realmente disfrutaba escuchar.
Desmontar la idea: si te gusta, te gusta
Al hablar de su admiración por Los Ángeles Negros, Jorge González, fiel a su estilo, lanzó una crítica frontal a la noción de placer culpable: ¿Qué es esa weá de placer culpable? Te gusta o no te gusta”. Su postura apunta a algo incómodo pero revelador: la culpa no nace de la experiencia estética, sino del juicio social que proyectamos sobre ella. El concepto mismo de “placer culpable” presupone la existencia de una jerarquía del gusto, una especie de policía cultural interna que clasifica qué es aceptable disfrutar y qué no. Desde esta perspectiva, el placer culpable no describe una propiedad de la música, sino una tensión entre deseo personal y validación externa.
Gusto e identidad: la presión social de lo que escuchamos
El sociólogo Pierre Bourdieu propuso que el gusto cultural funciona como una forma de señalización social. No elegimos música en el vacío: también elegimos cómo queremos ser percibidos. Un placer culpable surge cuando algo nos produce placer genuino, pero parece entrar en conflicto con la imagen que proyectamos. No es que la canción sea “mala” en términos absolutos; es que amenaza el relato que construimos sobre quiénes somos. Así, escuchar cierta música puede sentirse como una pequeña traición a nuestra identidad pública. La culpa aparece cuando el placer privado choca con las expectativas del grupo al que sentimos pertenecer.
Fiestas y conciertos kitsch: ¿homenaje o coartada?
El auge de fiestas y conciertos etiquetados como “kitsch” introduce una dimensión performativa. El crítico Clement Greenberg popularizó el término kitsch para describir formas culturales consideradas excesivas o sentimentales frente al arte “serio”. En el ámbito musical, la etiqueta crea una distancia protectora: permite consumir algo bajo la categoría de espectáculo, no necesariamente de gusto personal. Estas celebraciones pueden funcionar como homenajes genuinos que reivindican repertorios despreciados por la crítica pero profundamente significativos para amplios sectores sociales. Pero también pueden operar como coartadas irónicas: la exageración estética ofrece un escudo que transforma el placer privado en performance pública. En contextos como el chileno, esto roza la siutiquería cultural: una forma de gestionar el estatus celebrando lo popular dentro de un marco que mantiene cierta distancia simbólica. El placer se ritualiza colectivamente, pero bajo condiciones que amortiguan la culpa.
La música que creemos que nos define (y la que realmente nos habita)
Hace un tiempo veíamos en la televisión chilena un reportaje que era una suerte de versión chilena documental Alive Inside: personas con daño cognitivo que, al escuchar música significativa de su pasado, parecían encenderse desde dentro. En uno de los casos, una mujer comenzaba a rememorar las tardes en que acompañaba a su padre a conciertos sinfónicos; nombraba personas, lugares, detalles que parecían suspendidos en algún rincón intacto de su memoria. Mientras mirábamos el reportaje, mi familia comentó medio en broma: “Ya sabemos que si te pasa algo así en el futuro, tendremos que ponerte un disco de Pink Floyd”. No era una suposición arbitraria. Soy un gran admirador de la banda: tengo discos, gorras, poleras y he asistido a cuanto espectáculo vinculado a su legado se me ha cruzado por delante. Pink Floyd forma parte visible de mi identidad musical. Pero después me quedé pensando. Mi biografía sonora es más amplia y menos ordenada de lo que mi imagen pública sugiere. Siguiendo la lógica de los llamados “placeres culpables”, durante años fui un entusiasta admirador de la discografía de Miguel Bosé, especialmente desde Bandido hasta Sereno, con un afecto particular por los últimos discos de esa etapa. Con el tiempo, por razones personales que no vienen al caso, me distancié más de la figura pública que de la música, hasta el punto de dejar de escucharla casi por completo.
Y sin embargo, la pregunta persiste: ¿qué pasaría si, en una improbable y no deseada vejez con daño cognitivo, liberado de las máscaras sociales, mis recuerdos más vívidos no estuvieran ligados a la épica de Pink Floyd, sino a una canción como “Hacer por hacer” de Miguel Bosé? ¿Qué diría eso sobre la música que creemos que nos define frente a la que realmente estructura nuestra memoria emocional?
Música y memoria: el archivo emocional del cerebro
Siguiendo en la línea del reportaje y el documental mencionado. el neurólogo Oliver Sacks documentó en su libro Musicophilia casos de pacientes con demencia que recuperaban temporalmente recuerdos autobiográficos al escuchar música significativa. La música no solo evoca recuerdos: reactiva experiencias encarnadas —un baile, un viaje, una relación— y, con ellas, versiones pasadas de nosotros mismos. Si esos recuerdos están asociados a canciones que hoy clasificamos como “placeres culpables”, la categoría se vuelve frágil. ¿Cómo puede ser culpable algo que contiene una parte esencial de nuestra biografía? Muchas veces, el placer culpable corresponde a música ligada a etapas vulnerables o formativas de la vida. La incomodidad no proviene solo de la canción, sino de la versión de nosotros mismos que despierta.
Conclusión: escuchar sin máscaras
Tal vez el verdadero acto de rebeldía no sea defender nuestros gustos más prestigiosos, sino asumir sin vergüenza aquello que amamos en secreto. Los placeres culpables ponen en evidencia la distancia entre lo que mostramos y lo que sentimos. Aceptar sin culpa esas canciones puede ser, en última instancia, una forma de honestidad con nuestra propia historia. Cada placer culpable es también una pequeña cápsula de memoria: una pista de baile olvidada, un viaje en auto, una persona que ya no está o una versión anterior de nosotros mismos que sigue viva en alguna canción. ¿Te atreves a cruzar esa frontera? Te invitamos a contarnos en nuestras redes cuáles son esas canciones que prefieres no confesar —y por qué. Hablemos sin máscaras: puede que en esa conversación descubramos una forma más honesta de escucharnos.


