Corría 1998 y me llegó un regalo que me cambió la vida, aunque yo todavía no lo sabía. Un computador Olidata, con un AMD Athlon que en esa época sonaba a nave espacial. Todo un adelanto, me decían. Y sí, era rápido, era brillante, tenía ese gabinete que uno miraba con respeto. Pero lo que de verdad me voló la cabeza estaba escondido en un rincón de la torre: un grabador de CD.
Junto al computador venía un disco rojo. NERO, decía. Burning ROM. Yo lo miraba con cara de nada. Al principio pensé que ahí venían los drivers del grabador, algo técnico y aburrido. Con el tiempo entendí que tenía entre manos algo mucho más grande: un software que te dejaba tomar los mp3 que tenías guardados en el disco duro y pasarlos a un CD de verdad, uno que sonara en el equipo de música, en el discman, en el auto. De la nada tenías el poder de armar tu propio disco.
Y recién ahora, veintitantos años después, me vengo a caer del catre con algo que tenía delante de los ojos todo ese tiempo. Nero Burning ROM. Nerón quemando Roma. El tipo del incendio, el emperador tocando la lira mientras la ciudad ardía. Todos esos años diciendo el nombre sin escucharlo, cuando la talla estaba ahí, servida en bandeja, en la carátula de un disco rojo fuego que además traía dibujado un coliseo en llamas. Yo pensando que era una marca alemana cualquiera y resulta que era el chiste más grande de la historia del software.
Y ahí empezó el oficio. Anglo Volumen I, II, III, IV y V. Bailables 1, 2 y 3. Compilados personales que iban cambiando según el ánimo del mes. Uno se sentaba horas eligiendo el orden de las canciones, calculando los minutos que cabían, escribiendo la lista a mano o a plumón en la carátula. Eso era oro puro en esa época. Tener tu propio Anglo Vol. III armado por ti era un símbolo de estatus entre los cabros.
La pitilla tenía su propia serie
Y dentro de ese catálogo había una categoría aparte, con nombre y apellido: los Pitilleros Anglo y su versión Pitilla en Español. Para el que no cachaba el código: andar en la pitilla era andar colgando de un hilito, hecho pebre por una pena de amor, sostenido apenas por un cordel a punto de cortarse. De ahí salía el nombre, y de ahí salían los compilados.
Porque toda pena de amor merecía su banda sonora, y entre los cabros del grupo bastaba con que alguien anduviera con el corazón roto para que le armaran su compilado a medida. Ahí no cabía cualquier tema, tenía que doler lo justo y necesario.
Y por supuesto que eso también daba pie a la talla fácil. Si alguien andaba pitilla, no se salvaba de que le sacaran en cara el compilado, medio en broma medio en serio, como quien dice "toma, esto es para ti".
El drama de la compatibilidad
Pero esa realidad chocaba de frente con un misterio que nunca logré resolver: no todos los reproductores tenían el cuero de chancho para tocar los discos grabados. Había máquinas de gama respetable que eran unas mañosas insoportables y se negaban a leer cualquier cosa que no viniera de fábrica, mientras que otras de entrada, bien carne de perro, se devoraban cualquier CD sin el más mínimo drama. Y no iba por calidad, eso quedaba claro al tiro. Tú le pasabas un CD medio rayado, medio dudoso, y el aparatito ronco decía "ningún problema, jefe".
No había lógica ni patrón. Algunos tenían el cuero de chancho para tocar todo y otros eran unos delicados insoportables, y jamás entendí de dónde salía esa diferencia. Era la lotería del policarbonato.
El capítulo del auto
Y aparte estaba el tema del auto, que merece párrafo propio. Porque ahí entraba en escena el famoso sistema antishock. Al principio era una cosa bien rústica, casi de mentira. Pasabas por un lomo de toro y la canción saltaba como conejo asustado. Con el tiempo lo fueron desarrollando y mejoró harto, pero al comienzo escuchar tu compilado manejando por calle de tierra era jugársela entera. Uno rezaba para que el tema bueno no coincidiera con el bache.
Y llegó el diluvio
Todo ese mundo, todo ese oficio, se lo llevó el agua de un día para otro. Aparecieron los pendrives USB, después las tarjetas SD, y para el remate el Bluetooth. Ahí la cosa cambió drásticamente. Ya no había que quemar nada, ni cruzar los dedos, ni escribir con plumón. Metías el pendrive y listo, cientos de canciones sin ritual y sin drama.
Fue el mismo cuento que les pasó a los notebooks cuando de un año a otro se achicaron y se empezaron a llamar netbooks. La tecnología avanza y no pide permiso, deja atrás lo que ya no sirve y sigue de largo sin mirar para atrás.
Y así quedaron mis compilados. El Anglo Volumen III durmiendo en una caja, con la letra a plumón medio borrada, esperando un reproductor que ya casi nadie tiene. Reliquias de un tiempo en que armar un CD tomaba paciencia de verdad, y en que meterlo en un equipo prestado siempre era jugársela de nuevo.
Salud por esos discos rojos que nos abrieron la puerta.


