En febrero, Gise publicó en este mismo sitio «Chubai, Chubai: El ritual de la ruta y la banda sonora de la libertad», una bitácora sobre la música que acompaña un viaje en auto: la cábala de partir con «Explorador» de Fother Muckers, el trance del paisaje a mitad de camino y el grito de «¡Vamos llegando!» cuando ya se huele el destino. Al releerla me acordé de un viaje en que la playlist no existía, y en que llevar la música con nosotros fue casi un asunto de supervivencia.

Sin señal

A fines del año 80, siendo niños, viajamos con nuestros padres a Mendoza en un furgón Subaru. La ruta internacional estaba en pésimas condiciones, sobre todo del lado argentino. Las aplicaciones de streaming estaban a décadas de existir y las señales de radio, simplemente, no se captaban en la cordillera.

Mis hermanos y yo grabamos varias cintas de cassette con programas de radio: su programación musical y hasta los comerciales, para, según nosotros, no extrañar tanto a Chile. Una niñería por donde se le mire. Lo curioso es que nuestro padre sí puso las cintas mientras transitábamos por la cordillera. Íbamos cruzando la frontera con una radio chilena hecha a mano, sonando en el furgón.

No éramos los únicos. Un artículo de la Revista Musical Chilena sobre la masificación del casete en el país recoge esa costumbre de grabar canciones de la radio, y un reportaje de La Tercera rescata el recuerdo de quienes, de jóvenes, compraban cintas vírgenes para guardar lo que sonaba. Nuestra radio hecha a mano era parte de algo mucho más grande.

Ecuador y Machu Picchu

En 1998 anduve mochileando por Ecuador con unos amigos. Después de varios días sin reconocer una sola canción en la radio ni en los lugares públicos, sonó por los parlantes del bus que nos llevaba a la mitad del mundo «Flaca» de Andrés Calamaro, y la cantamos como si fuera el himno nacional.

La sensación duró poco. Al llegar a la ciudadela, por los altoparlantes de la zona central estaba sonando música de Inti Illimani, una experiencia que me paró todos los pelos del cuerpo. Un año después, en Machu Picchu, sentí algo parecido cuando hice sonar «Alturas de Machu Picchu», de Los Jaivas, en mi walkman.

Tuga, con audífonos y un walkman, muestra el cassette de «Alturas de Machu Picchu» de Los Jaivas frente a las ruinas de Machu Picchu

Cuando te empapas de la música del lugar

Mendoza de nuevo

En 1996 volví a Mendoza, esta vez con dos amigos, para pasar un fin de semana largo en la ciudad fronteriza. Una de las últimas actividades, casi llegando al terminal de buses, fue visitar una disquería donde nos hicimos de un montón de cassettes de música folklórica y de raíz.

Igual que a la ida, regresamos con Coitram, que entonces hacía el servicio en unos Ford Falcon con capacidad para cuatro pasajeros. Éramos tres, así que ocupamos todo el asiento trasero. Germán, uno de mis amigos, se atrevió a pedirle al chofer que pusiera uno de sus cassettes en la radio, y muy pronto la conversación versó solo de música. Dio la casualidad de que el pasajero del asiento del copiloto traía música similar, y le pidió al chofer que se detuviera para sacar sus cassettes del bolso que llevaba en el maletero.

Fueron casi 6 horas de viaje que se dieron en torno a la música de raíz. Debe haber sido una de las conversaciones musicales más lindas que tuvimos en años. «Ustedes son muy jóvenes como para que les guste esta música», nos repitieron varias veces. Como corolario, Germán terminó asistiendo al Festival de Cosquín al año siguiente, producto de esa conversación.

Río y Rapa Nui

En 2010 viajé con mi familia a Río de Janeiro y parte de mi obsesiva preparación fue empaparme de música brasilera. Pasé semanas escuchando las discografías de Caetano, Chico Buarque y Tom Jobim, por nombrar solo algunos. Como muchos de ustedes adivinarán, no escuché nada de esa música en los lugares públicos por los que transité en Río o Búzios. Por eso que la última vez que visité Río, fui directamente a buscar esos lugares que le dieran sentido a la preparación que había tenido una década antes. De aquella preparación del año 2010, quedé muy enganchado, hasta hoy, con un disco de Toquinho en homenaje al bossa nova y con Cartola 1976, el disco de Cartola.

Ese mismo año fuimos a Rapa Nui, y el proceso fue inverso: llegué allá y me empapé de la música de la isla, buscando discografía donde encontraba algún disco. El gran descubrimiento fue Matato'a. Habíamos viajado con la expectativa de conocer a Mito, pero en ese entonces vivía en el «Conti». Un mes después de regresar, partimos a conocerlo a un festival étnico en la plaza de Rengo.

El sociólogo Simon Frith planteó en 1987 que la música popular cumple funciones sociales que explican su valor: nos sirve para responder preguntas de identidad, da forma a la memoria colectiva, organiza nuestro sentido del tiempo y es algo que sentimos propio. Los cassettes que nos trajimos de Mendoza, Calamaro cantado en un bus y Los Jaivas en el walkman calzan a la perfección con esa idea.

Cuando eres tú el que lleva la música

En agosto de 2025, a tres años de funcionamiento de nuestro canal, me tocó vivir el viaje desde el otro lado. «Tantay» significa reunión en quechua, y eso fue Tantay Pro: un encuentro musical que organizamos como Paneo Army en Lima, del 14 al 16 de agosto, junto a La Tostadora y Los Bachiches, con shows en vivo, tardes de medios y networking.

Me enorgullece que artistas chilenos decidieran viajar con nosotros hasta Lima, y que la Embajada de Chile en Perú patrocinara el encuentro y nos permitiera usar sus logos oficiales. Para un canal de música, esa credibilidad pesa más que cualquier cifra.

Guardo con especial cariño una tarde en Radio Nacional del Perú: estar allí en la cabina acompañando a Milena Antonia y a Nicolás Pimentel, viendo cómo sus voces y canciones salían al aire limeño, cerró un círculo íntimo. De pronto ya no éramos los auditores buscando sintonía en la ruta; éramos quienes abrían el micrófono para tender el puente sonoro.

El sábado, la Tarde Criolla reunió artistas de Chile y Perú, entre ellos Los Chasquis, un dúo peruano-chileno que cantaba con guitarras y cajón, lo que graficó el espíritu del encuentro. Esa es la imagen que me quedó: la música cruzando la frontera, pero esta vez nosotros éramos los que la llevábamos.

Para la próxima ruta

Gise escribió sobre la música que armamos antes de partir. Yo me quedo pensando en la música que nos traemos de vuelta: un cassette de radio grabado a mano, un disco encontrado en una tienda de Mendoza, una canción que suena justo cuando uno más la necesitaba.

Svetlana Boym, académica de Harvard, definió la nostalgia en The Future of Nostalgia (2001) como «un anhelo de un hogar que ya no existe o que nunca existió» (traducción propia). Y observó que parece un anhelo de lugar, pero en realidad es «un anhelo de un tiempo distinto» (traducción propia). Quizás por eso esas cintas, esas canciones de Calamaro o de Inti Illimani no eran solo música de un lugar: eran un trozo de otro tiempo que viajaba con nosotros.

Y la reunión sigue. Tantay Pro llega ahora a Los Andes, al pie de la cordillera, el viernes 13 de noviembre en la Sociedad de Artesanos, con Rebenke, Spinazo Ska y Angelo Pierattini. Si quieres seguir el viaje, ahí nos vemos.

Afiche de Tantay Pro en Los Andes: Angelo Pierattini, Spinazo Ska y Rebenke, viernes 13 de noviembre a las 21:30 en la Sociedad de Artesanos, Santa Rosa 140

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