La Escena que lo Explica Todo
Un sábado cualquiera de 1997. En el segundo piso del Drugstore de Providencia, frente a la vitrina luminosa de Fusión, tres cabros están pegados al vidrio. No se conocen entre ellos, pero comparten el mismo gesto: la cabeza inclinada, los ojos fijos en la pantalla que reproduce un videoclip de un grupo inglés que en Chile aún no suena en la radio. Afuera el tránsito sigue su curso, pero ahí adentro, en ese pequeño rectángulo de luz, se está produciendo un descubrimiento que ninguno olvidará. Uno piensa en cuánto costará el disco. El otro se pregunta si llegará en vinilo. El tercero simplemente escucha, como si hubiera encontrado una contraseña.
Cinco kilómetros más “abajo”, en el Paseo Ahumada, la sucursal de La Feria del Disco está llena. No hace falta comprar para disfrutar: basta cruzar la puerta para que el olor a plástico nuevo, papel y carátulas recién abiertas te envuelva. Hay turistas con bolsas azules y rojas, jóvenes hojeando CDs con movimientos rítmicos, niños mirando la estantería de videos. Sobre el mesón de caja, un cartel anuncia la firma de discos del próximo sábado. Nadie lo sabe, pero ese mundo —ese modo de vivir la música— está a punto de desaparecer.
De la Carátula a la Conexión Humana
Leyendo el blog de Tuco Aguilop , que nos llevaba a viajar por la nostalgia de los casetes, recordé una pregunta retórica recurrente: En un mundo sin redes sociales, sin internet, sin buscadores ¿Cómo lo hacíamos para obtener información de nuestros artistas favoritos? ¿Cómo nos hacíamos expertos en ellos? ¿Cómo descubríamos otros artistas? Bueno, entre otras cosas, muchos de los mismos casetes de los que hablaba Tuco, los CDs y los vinilos traían información importante: letras, compositores, arte, músicos, productores, estudios, etc.. Te ponías a comparar información entre varios discos y descubrías factores comunes. "El músico que tocó el bajo en este disco, es el mismo que tocó guitarra en este otro disco", "El batero que toca en esta banda de rock es el mismo que grabó percusiones para este artista pop" y así se abría un mundo maravilloso. Pero, también, había otras instancias. Así como hoy se generan comunidades en torno a influencers o canales de difusión, antes se formaban comunidades en torno a las disquerías.
Disquerías: Templos y Sacerdotes.
"La Feria del Disco y Fusión: cuando las disquerías eran templos". Hubo un tiempo en que la música en Chile tenía dirección física. Un lugar al cual ir, un punto del mapa donde el arte se transformaba en objeto, y el objeto en emoción. Hoy le preguntamos a un algoritmo. Antes le preguntábamos a un vendedor. A un desconocido que sabía más que nosotros. A alguien cuya recomendación podía cambiarnos la semana, el mes entero... e, incluso, la vida. Antes de Spotify, antes de YouTube, antes del MP3, existía algo parecido a una ciudad paralela: la ciudad de las disquerías. Los templos tenían sacerdotes: los vendedores. Las disquerías no funcionaban solo por los discos: funcionaban por los vendedores. La gente confiaba en ellos. Si venía un cabro chico y le decía a una vendedora "Me gusta Pearl Jam, ¿qué más puedo escuchar?", una buena recomendación podía cambiarle la semana entera. Había responsabilidad emocional.
La Feria del Disco: El "Autoservicio de Sentimientos"
De un Rincón en Monjitas a Cadena Nacional
La historia parte en 1956, cuando Marta González Marnich instala un pequeño puesto de discos dentro de la tienda de electrodomésticos de su marido en el centro de Santiago. Ese rincón crece, se transforma primero en tiendas llamadas Rochelle y Rapsodia, y luego en La Feria del Disco en calle Ahumada, una de las primeras disquerías chilenas bajo formato de autoservicio: discos a la mano, en anaqueles y bateas, para que el cliente los rebusque. La historia termina en 2014, cuando la empresa se declara en quiebra, golpeada por la piratería, el MP3, las descargas e Internet, con una estructura pesada que no se adaptó a tiempo.
La Experiencia Sensorial y Personal
Hay un par de frases clave de su fundadora que ayudan a entender la experiencia. González contaba que la idea era vender sentimientos, no objetos: en las bateas, decía, la gente iba a buscar "alegrías, penas, amores y esperanzas". También innovó en la forma de ordenar la tienda: no por sello, sino por artistas y estilos, para que el cliente pudiera descubrir más que pedir algo puntual. Mi lugar favorito de este templo era el subterráneo, pasaba tardes enteras revisando las bateas, como se les llamaba acá a los anaqueles en que se exhibían los CDs, incorporarte a uno de los tantos foros instantáneos que se generaban entre gente que no se conocía, pero que estaba mirando la obra de un mismo artista y así, de manera colectiva, ibas armando una poderosa biografía y anecdotario de tu banda favorita y descubriendo otras.
Conversar con los vendedores era una "gran experiencia", nos contaban que cuando llegaba material nuevo se reunían a escucharlo todos juntos, era un ambiente muy bonito en los que era imposible no sentirse parte de algo. Empecé a pasar mucho tiempo ahí a fines de los 80’s, aunque sólo para mirar y conversar; mis compras las hacía en el primer piso, la zona de los casetes, porque no tuve equipo para reproducir CDs hasta principios del año 1992. En ese primer piso también tuve muchas conversaciones entretenidas con la vendedora que estaba en la zona de música de películas. Lo curioso es que muchos años después llegué a vivir al frente de su casa… nunca conversamos más allá de un saludo como vecinos, no había bateas de por medio.
Fusión: Disquería de Culto y Laboratorio del Pop Chileno
Si la Feria del Disco fue la "gran tienda popular", Fusión fue su contraparte más melómana y especializada.
Origen: Carlos Fonseca y el Drugstore
Fusión la crea Carlos Fonseca. El 30 de abril de 1981 abre Fusión en la Galería Drugstore de Providencia. Uno de sus ganchos era una gran pantalla de TV en la vitrina, que mostraba videos musicales todo el día, algo muy novedoso para la época de pre-MTV masivo en Chile. Fusión se especializa en importaciones: jazz, bandas sonoras, new wave, rock argentino y español, y una selección muy cuidada de novedades.
Más que una Tienda: Sello, Escena y Algoritmo Humano
Desde Fusión nace también un sello discográfico, que edita los primeros discos de Los Prisioneros, Aparato Raro, Emociones Clandestinas, Nadie y La Ley, entre otros. Fonseca escribía columnas de música en Revista Mundo-Diners , donde firmaba con el seudónimo "Alberto Velasco". Los clientes le llegaban preguntando por discos recomendados por "Velasco" sin saber que era el mismo tipo que los atendía en el mesón de Fusión. La relación vendedor/cliente era casi "casi editorial": pedirle recomendación a Fonseca o a quien estuviera en el mesón era como tener un algoritmo humano, pero con criterio estético propio.
El Poder del Objeto: La Tarde de los Importados
Un día de 1992, una caja llega al Drugstore. Todos lo saben: son importados. Los trabajadores abren las cajas con un entusiasmo casi infantil.
Hay murmullos en el pasillo:
- "Llegó material nuevo."
- "Hay algo de Cocteau Twins."
- "Dicen que llegó The Cure en edición japonesa."
Un cliente toca una carátula como quien toca un artefacto sagrado. La gira. La pesa. La evalúa. Ese era el poder del objeto.
Uniendo los Puntos:
Un día de 1989 una amiga con la que nos carteábamos (sí, antes se escribían cartas) me dedica "Wish you were here" de Pink Floyd en una de sus misivas. No conocía la canción e intenté conseguir en la universidad que alguien me prestara algún casete que la contuviera, pero, después de varias promesas sin cumplir, un día junté unos pesos de no sé dónde y me fui a la Feria Del Disco, para comprar el casete de Pink Floyd en el que figurara la canción y, en ese momento descubrí que, "Wish you were here" era también el nombre del disco. Ahí inicié una marcha sin vuelta hacia mi fanatismo por la banda. Para mi sorpresa, la comunidad floydiana era muy cercana a la USACH, la universidad en la que estudiaba y solía reunirse en el planetario. Un día uno de ellos me preguntó si ya había ido al Drugstore. "¿Al Drugstore?", "Si compadre, al Drugstore a Fusión. Te vas a morir cuando vayas". Había oído hablar mucho de Fusión, sobre todo por su relación con Los Prisioneros. Pero aquel era un Santiago mucho más segregador que hoy y se usaban frases como "De Plaza Italia para arriba" o uno mismo declaraba que pasando Plaza Italia para arriba se apunaba. Así y todo, fui. La primera vez que llegué me sentí muy ajeno, como en otro mundo que no podía creer que existía en Chile. De hecho, esa vez ni hablé. Pero mi compañero tenía razón: Casi me morí cuando vi todo lo que allí existía y las infinitas posibilidades de futuras compras. Supe de inmediato que, a pesar de aquella incomodidad inicial, iba a pasar mucho tiempo allí. Y vaya que así fue. Quizás uno de los elementos más característicos de Fusión, era su ya mencionada pantalla. Esa pantalla que pasaba videos completos, sin interrupción, era una antesala del futuro. Para muchos, fue la primera vez que vieron un videoclip que luego se haría famoso meses después. Antes de MTV Chile, Fusión era MTV. Pero, además, adentro podías conseguirlos en Laser disc u otros formatos similares que nunca prendieron del todo, pero que, de todas formas, te hacían sentir en el futuro.
Cuando las manos dejaron de buscar: el MP3 como terremoto cultural.
A fines de los 90 llega el quiebre. No se anuncia, no empieza con una declaración: comienza con un pendrive prestado, un disquete con una canción en formato Mp3, una sesión de Napster en un cibercafé. De pronto, la música se volvió archivo. Liviana. Invisible. Copiable. Las bateas dejaron de ser necesarias. La recomendación humana dejó de ser imprescindible. Incluso Fusión pierde su encanto exclusivo: ahora cualquier banda inglesa se podía descargar. Para la Feria del Disco, el golpe fue fatal. Para Fusión, cultural. Quienes vivieron esa transición recuerdan la sensación de abundancia, sí, pero también de pérdida. La música seguía ahí, pero el ritual se rompía.
Lo que Realmente Desapareció
Quizás lo que se extraña no es la Feria del Disco ni Fusión, sino nosotros mismos, entrando a esos lugares, con tiempo para descubrir, con ganas de sorprendernos, con menos ruido, con más paciencia. Quizás no eran tiendas. Eran estaciones del viaje. Pequeños templos donde íbamos a buscar discos, sí, pero también a buscar señales de quiénes éramos o quiénes queríamos ser. Porque antes, en esas bateas y vitrinas, no solo encontrábamos música. Nos encontrábamos a nosotros mismos. Quizás por eso vemos con tanto beneplácito el retorno del vinilo como objeto de identidad y pertenencia.
Y tú, ¿qué historias guardas de esa época mágica?
¿Cuál fue tu disco revelación, tu disquería-santuario, tu anécdota secreta entre bateas?
¡Cuéntanos en nuestras redes y sigamos reviviendo juntos la mística de esos templos sonoros!


