Hacia el final de mi adolescencia vi un documental por los 60 años de Chuck Berry. Lo curioso es que lo que más se me quedó grabado no fue la historia de Berry, sino la presencia de Keith Richards, que actuaba casi como el conductor del programa.

En una escena, Richards comentaba algo fascinante: gran parte del lenguaje musical de Berry parecía estructurado desde el piano. Varias de esas canciones que hoy son la piedra angular del rock and roll estaban compuestas en tonalidades mucho más cómodas para las teclas que para la guitarra. Mientras él explicaba esto, la cámara enfocaba el rostro de Johnnie Johnson, el pianista de Berry durante años.

Piano y guitarra en un estudio de grabación, homenaje a Chuck Berry

Johnson sonrió. No confirmó la teoría. Tampoco la desmintió. Solo sonrió.

Años después supe que esa sonrisa guardaba un trasfondo complejo. Johnson llegó a reclamar legalmente su autoría en varios temas que cambiaron la historia de la música. La justicia no resolvió el fondo de la discusión porque el caso había prescrito por el paso del tiempo, pero la duda quedó ahí para siempre. En 2001, sin embargo, ingresó al Salón de la Fama del Rock and Roll, un reconocimiento tardío como el verdadero arquitecto sonoro detrás de la estrella.

¿Hasta dónde llega el papel de un músico que acompaña a otro?

Con el tiempo fui confirmando esa sospecha. Lo de Johnnie Johnson no era un caso aislado; era la puerta de entrada a un universo de artistas cuyo impacto rara vez coincide con su nivel de fama.

Esa escena volvió inesperadamente a mi memoria hace algunos años mientras escuchaba una entrevista radial a Pancho Varona.

Al presentarlo, el locutor dijo algo brillante: “Tú eres el héroe de quienes leen los créditos de los discos”. Sonreí al escucharlo. Pocas veces vi una definición tan exacta.

Mucho tiempo antes, un amigo había viajado a España y le pedí un favor muy específico.

—Si encuentras el disco de Pancho Varona, tráemelo.

Me miró sorprendido.

—¿Quién es ese tipo?

La pregunta me descolocó. No porque fuera injusta. Sino porque mi amigo también era “Sabinero” y, en ese contexto, creí que para él era evidente de quien hablaba; entonces comprendí que, para la inmensa mayoría de las personas, Pancho Varona era simplemente “el guitarrista de Sabina”. Uno más entre tantos músicos que aparecen detrás del cantante durante los conciertos.

Leyendo el libreto de un disco de Joaquín Sabina

Pero quienes nos detenemos en la letra pequeña sabíamos que había mucho más. Su nombre se repetía constantemente: compositor, arreglista, productor, director musical. El socio en la sombra que ayudó a construir el sonido de Joaquín Sabina durante décadas. Ahí entendí que hay dos formas de escuchar un álbum: la primera acaba con la última canción; la segunda empieza cuando abres el libreto.

Constructores del sonido de una generación

Es muy probable que hayas visto alguna vez a Andy Fairweather Low, aunque seguro no recuerdas su nombre.

En los años 2000 tuve un colega de trabajo que, casualmente, también había sido compañero de universidad. Compartíamos el gusto por la música. En aquella época era el boom de los conciertos en DVD y nos juntábamos a verlos o nos recomendábamos algunos el uno al otro. Con el tiempo empezamos a notar que había un músico que aparecía una y otra vez en esos conciertos. Nosotros lo habíamos bautizado como ‘David Carradine’, por el sorprendente parecido con el protagonista de Kung Fu. Compartíamos un tonto sentido de humor que hacía que le cambiáramos el nombre a los músicos según su supuesta similitud física con alguien más. Su verdadero nombre era Andy Fairweather Low.

Dos amigos viendo un concierto en televisión y señalando al guitarrista

Estuvo en The Wall Live in Berlin, en las giras de Roger Waters, en el icónico Unplugged de Eric Clapton y en los festivales Crossroads. Siempre allí: camisa sencilla, guitarra al hombro, haciendo sonar exactamente lo que la canción pedía sin reclamar jamás el foco. Y hay algo profundamente revelador en ese detalle.

Hay, también, algo revelador en esto. Tanto Waters como Clapton podían llamar al guitarrista que quisieran en el planeta. Y durante años, eligieron al mismo hombre. Ese es, tal vez, el mayor elogio posible para un músico.

Algo parecido ocurre con Leland Sklar. Muchos lo recuerdan por su barba monumental; hubo quien llegó a pensar que, por lo mismo, tocaba en ZZ Top. La imagen era tan potente que terminaba eclipsando al músico. Pero detrás de esa imagen hay uno de los bajistas más extraordinarios de la historia. Ha grabado en miles de discos acompañando a James Taylor, Phil Collins, Jackson Browne, Linda Ronstadt o Carole King. Millones conocen su cara; poquísimos su nombre. Como si el reconocimiento hubiera decidido quedarse a mitad de camino.

Podríamos seguir sumando nombres a la lista: Steve Cropper, Nicky Hopkins, Nathan East, Carol Kaye (que mencionamos con Tuco algunos programas atrás). Y un larguísimo etcétera.

Los integrantes de Toto, mucho antes de convertirse en una banda mundialmente famosa, ya eran algunos de los músicos de sesión más solicitados de Los Ángeles. Jeff Porcaro, Steve Lukather y David Paich ayudaron a dar forma a miles —sí, miles— de discos que marcaron generaciones enteras. Hay quienes sostienen que es imposible recorrer la música popular de fines de los setenta y comienzos de los ochenta sin encontrarse, una y otra vez, con alguno de ellos escondido entre los créditos. Quizás por eso, cuando Toto alcanzó el éxito, para muchos músicos aquello no fue una sorpresa. Simplemente era el reconocimiento público de personas que ya llevaban años siendo imprescindibles.

Un ejemplo en Chile

En Chile también existen historias parecidas.

Nunca olvidaré la primera presentación de Tito Fernández, “El Temucano”, poco tiempo después de la muerte de quien había sido su guitarrista durante treinta años, Roberto Parra.

Al subir al escenario, dijo una frase tan sencilla como devastadora:

Hoy está la mitad de mí aquí.

No hablaba solo de un instrumentista. Hablaba de alguien con quien había aprendido a respirar en el escenario. Treinta años juntos no crean un vínculo laboral; crean un lenguaje implícito. Saber cuándo acelerar, cuándo pausar, cuándo una mirada basta para saber qué viene. Esas complicidades no siempre las ve el público, pero el artista las siente, y solo descubre cuánto dependía de ellas cuando ya no están.

Por eso me resulta incómoda la etiqueta “músico de acompañamiento”. Suena a pieza reemplazable, cuando la realidad muestra lo contrario. Hay artistas capaces de llenar estadios, y hay otros capaces de sostener durante décadas a quienes los llenan.

No salen en las portadas ni dan grandes entrevistas. Pero cuando una estrella tiene el poder de contratar a cualquiera y sigue eligiendo a la misma persona año tras año, está lanzando un mensaje clarísimo: “Confío en ti”. Y en la música, esa confianza lo es todo.

De vez en cuando vuelvo a pensar en la sonrisa de Johnnie Johnson ante la cámara. Ya no me parece una evasiva, sino el gesto de alguien que conocía de sobra su lugar. No el de los focos, sino ese espacio discreto donde habitan los verdaderos arquitectos de las canciones que nos acompañan toda la vida.

Pienso también en Pancho Varona. Quizás para muchos esto parezca una exageración, pero no fui a ver a Joaquín Sabina en sus dos últimas visitas a Chile, una de ellas anunciada como gira de despedida. Algunos amigos no lo entendieron. Yo sí tenía mis razones. Sentía que, de alguna manera, Sabina ya no era del todo Sabina sin Pancho Varona a su lado. No porque el talento de uno dependiera del otro, sino porque después de tantas décadas habían construido un lenguaje común. Había canciones que, para mí, ya no sonaban completas.

La próxima vez que escuches un disco importante para ti, haz la prueba. Tómate un minuto para buscar los créditos. Revisa quién tocó ese piano, quién interpretó esa hipnotizante línea de bajo o quién arregló las guitarras. Es posible que descubras que algunos de los verdaderos héroes de tu educación musical nunca aparecieron en la portada. Siempre estuvieron escondidos en la letra pequeña. Esperando a que alguien, alguna vez, se tomara el tiempo de leer sus nombres.

¿Y para ti? ¿Quiénes son esos héroes o heroínas ocultas en los créditos que merecen mayor valoración y que todos deberíamos conocer? Te invitamos a presentarnos a tus héroes. A escribirnos por nuestras redes de Paneo Army y compartir los nombres de esos músicos anónimos que marcan tu historia musical.