Por Chuck Norris

Ya hemos hablado de la mirada de los artistas y también de la industria. Antes de continuar, vale hacer una aclaración: esto no pretende ser una investigación periodística, sino un blog con una visión subjetiva sobre este fenómeno musical. Aun así, esa subjetividad no impide que haya una cuota de verdad en lo mencionado.

Entre distintas aristas, momentos históricos, modas e investigaciones, la música fluyó por esta angosta tierra de Chile y se extendió hasta las gélidas localidades de la Patagonia.

La Estudiantina Fígaro y una huella olvidada

En 1884 llegó a Chile “La Estudiantina Fígaro”, proveniente de España. Sus integrantes tocaban instrumentos muy distintos a los de una orquesta sinfónica tradicional: mandolinas, bandurrias, laúdes y otros instrumentos de raíz moro-española, capaces de interpretar tanto música clásica como folclórica.

Su paso dejó una marca profunda. Dentro de su repertorio destacó una pieza especial: la “Marcha Radetzky”, compuesta en 1848 por Johann Strauss padre. La obra fue creada para celebrar las victorias del mariscal de campo austriaco Joseph Wenzel Radetzky en el norte de Italia.

La interpretación causó tanto impacto que, con el tiempo, esa marcha terminó vinculándose al Ejército de Chile, en una época en que la institución comenzaba a adoptar un carácter prusiano.

Entonces, cabe preguntarse: ¿podemos considerar a la Estudiantina Fígaro como uno de los primeros casos de artistas infravalorados en nuestra historia? Nadie parece recordarlos hoy, aunque su interpretación generó un revuelo importante. Es cierto: la obra no les pertenecía, pero la forma en que la llevaron al público chileno sí dejó una huella.

Leyendas reconocidas demasiado tarde

Así comienza una historia llena de leyendas de la música chilena: artistas y agrupaciones que, muchas veces, solo fueron reconocidos como tales después de su muerte o cuando ya habían hecho carrera lejos de casa. A modo de ejercicio rápido, podemos mencionar algunos casos:

- Los Estudiantes Rítmicos: banda de las décadas de 1930 y 1940. Al principio no alcanzaron gran popularidad, pero con el foxtrot y la música tropical fueron ganando reconocimiento, aunque no al nivel que esperaban. Así lo señaló José Goles, uno de sus fundadores

.

- Los Ángeles Negros: quizá uno de los casos más claros de infravaloración. Sí, hoy son tremendamente famosos, pero tuvieron que emigrar porque sintieron que en su propio país no eran reconocidos. Su historia terminó construyéndose fuera de nuestras fronteras, hasta convertirse en leyenda.

- Otros nombres: Palmenia Pizarro, Antonio Prieto, Ramón Aguilera y Nino García en la balada; Rolando Alarcón, Enrique Ignacio Barros Mandiola y el dúo Quelentaro en el folclore, entre muchos otros. 

Podríamos empapelar La Moneda con imágenes de artistas infravalorados. Con el paso del tiempo, la historia parece estar devolviéndoles valor a la calidad de sus composiciones e interpretaciones. Sin embargo, todavía no llegamos ni al 5% de reconocimiento en lo musical; y ni hablar de la escritura y los libros.

Una reflexión final

Podría extenderme mucho más, porque este tema da para largo. También puede volverse tedioso, violento y triste. Por eso, quiero cerrar con una opinión muy personal. “Latinoamérica es un pueblo al sur de los Estados Unidos…” Tenemos muchas cosas buenas, pero también arrastramos otras muy difíciles de reconocer. En Chile, una

de ellas es el complejo de inferioridad: esa idea de que lo nuestro siempre es malo, mediocre o “reculeque”. Por eso, muchas veces se prefiere que cante un extranjero en el Festival de Viña, bajo la lógica de que “total, debe ser mejor que nosotros”. Y lo mismo ocurre en el arte, en el fútbol, en la comida y en casi todo.

También está el complejo del saboteador, que puede operar hacia adentro o hacia los demás. Ejemplos sobran: “no me gusta cómo suena”, “debería sonar más a The Beatles”, “necesita una voz más Ceratiana” o “eso no le llega ni a los tobillos a Los Fabulosos”. Comentarios así terminan minando la confianza y apagando propuestas antes de que

puedan crecer.

Y, por supuesto, está la industria. Ya la mencioné en el blog anterior, pero vale insistir: las industrias son empresas. Reducen costos, maximizan ganancias y, por encima de todo, buscan utilidades económicas. Nada más. Por eso, no conviene ilusionarse demasiado con una gaviota, un Movistar Arena o cualquier otro símbolo de validación comercial.

Somos chilenos que muchas veces no creemos en nosotros mismos. Detestamos al nuestro cuando empieza a crecer y nos sentimos superiores por la raza, la “pinta”, el auto, la postura política, el apellido, el color de pelo o la defensa ciega del ultracapitalismo. Pareciera que todo lo que viene de afuera debe ser mejor que lo nuestro. Y ahí está el problema: nosotros mismos nos convertimos en ¡¡AUTOINFRAVALORADOS!!