Una escena de verano
Recuerdo, en mi infancia, caminar con mi familia en pleno verano por la ribera del río Cachapoal, en las cercanías de su hoy extinto balneario. El calor apretaba, el día avanzaba lento y alguien llevaba una radio portátil encendida, de esas que acompañaban las caminatas y los picnics. De pronto, entre interferencias, empezó a sonar Una noche de amor, interpretada por Roberto “Viking” Valdés. Sin entender muy bien por qué, pregunté casi de inmediato:
“¿Cuándo empieza el Festival?”
No había escenario a la vista ni televisión cerca. Bastaba una canción para que el Festival apareciera, como una fecha marcada en el calendario emocional del verano.
Otra imagen vuelve desde el centro de Concepción, ciudad de mi niñez. En la vitrina de una casa comercial, un televisor en colores —todavía una rareza— transmitía parte de alguna jornada del Festival de Viña del Mar. De a poco, la gente empezó a reunirse espontáneamente en la vereda. No solo por el Festival, sino porque el color era una novedad absoluta y muy pocas casas contaban con esa tecnología. A eso se sumaba otro asombro: la tienda tenía un Betamax que le permitía reproducir esas imágenes, algo casi futurista para la época. El Festival se veía distinto, pero también se vivía distinto.
Eso producía Viña. Congregaba. Reunía a la familia, al barrio, a la ciudad y, por extensión, al país completo.
Cuando Viña era el evento del año
El Festival se realizaba a comienzos de febrero, en una época en que los colegios volvían a clases recién a mediados de marzo. Quedaba casi medio verano para seguir hablando de lo ocurrido en la Quinta Vergara: comentar actuaciones, repetir chistes, discutir triunfos y fracasos. El Festival no terminaba con la última canción; se prolongaba en el tiempo. Hoy, en cambio, hay ediciones completas que casi no he visto. No porque no existan, sino porque ya no se filtran en la vida cotidiana con la naturalidad de antes. El Festival sigue ocurriendo, pero cuesta más encontrarlo en las conversaciones comunes, en el pulso del verano, en esa sensación compartida de que algo importante estaba pasando.
Un rito compartido
Viña no era solo un festival de música. Era un rito. Un punto de encuentro transversal donde convivían artistas internacionales, humoristas locales, competencia musical, farándula, política y espectáculo, todo en una mezcla a veces caótica, pero profundamente chilena. El glamour del Festival no estaba en la alfombra roja ni en la puesta en escena, sino en la expectativa. Hoy, ese glamour parece haberse confundido con una forma de ostentación cada vez más ruidosa y, a ratos, francamente grotesca. El ejemplo más evidente es la Gala, convertida en un triste espectáculo donde el mundillo de la farándula se empuja por un lugar en la alfombra roja, mientras desfilan personas cuya relación con el certamen es, en el mejor de los casos, tangencial. Influencers de ocasión, parejas del deportista de moda o figuras cuya única credencial es la visibilidad momentánea protagonizan escenas chabacanas, como hacer “marchar” las manos frente a la cámara para exhibir anillos lujosos que alguna joyería les facilitó por veinte minutos. Todo muy brillante, todo muy vacío.
La televisión y la desconfianza en el escenario
A esa confusión entre glamour y exposición se suma otro síntoma igual de elocuente: la forma en que el Festival es dirigido desde la televisión. La transmisión parece partir de una desconfianza profunda en el escenario, como si la música por sí sola no bastara y siempre hubiera que distraer la mirada hacia otra parte. Hay momentos en que da la impresión de no haber preparación ni comprensión del lenguaje musical: la cámara no llega cuando canta el solista, se pierde el solo del guitarrista o, peor aún, se queda pegada mostrando al público, pero no al público que disfruta el show, sino al actor, influencer o deportista de moda que mueve los labios con incomodidad al saberse enfocado, porque la verdad es que ni siquiera conoce la canción que suena. El ejemplo más extremo de esta lógica fue el recordado show de Jamiroquai, donde la transmisión televisiva privó a los espectadores de ver a la banda en escena para reemplazarla por un desfile de rostros del canal dueño de los derechos. Una decisión editorial que, a juicio de este servidor, consolidó a Alex Hernández como el peor director que haya tenido el Festival de Viña del Mar, no por un error puntual, sino por convertir esa desconexión con el escenario en una práctica reiterada. El Festival ya no confía en su propio escenario, y la televisión no entiende —o no le interesa— el lenguaje musical.
Un Festival que insiste en mirarse al espejo retrovisor
El problema no es mirar al pasado. El problema es intentar recrearlo sin comprenderlo. El Festival de Viña no puede —ni debe— volver a ser lo que fue, pero tampoco puede seguir persiguiendo una nostalgia mal entendida, basada en escenografías y slogans. Tal vez la pregunta correcta no es cómo recuperar el antiguo glamour, sino qué tipo de relevancia puede tener Viña hoy. Qué riesgo está dispuesto a asumir. Qué rol quiere jugar en la cultura musical y televisiva chilena. Y si está dispuesto a incomodar nuevamente, en lugar de solo agradar. Porque el glamour verdadero, el que aún se recuerda con cariño, nunca fue una estrategia. Fue una consecuencia. Y esas, por definición, no se fabrican.
En los últimos años, el control creativo y productivo del certamen fue entregado a una productora privada bajo una promesa clara: un mejor line up. Sin embargo, esa supuesta mejora no se ve por ninguna parte. Más allá de nombres puntuales, la programación no ha recuperado ni diversidad, ni riesgo, ni sentido histórico. Externalizar el Festival no lo fortaleció; lo volvió más genérico, más intercambiable, más parecido a cualquier otro evento televisivo de temporada.
Cuando el Festival dejó de creerse “de la canción”
Nada de esto es anecdótico. La pérdida de fuerza de las competencias no es un efecto colateral del paso del tiempo, sino el resultado de una serie de decisiones que fueron vaciándolas de sentido. Cuando el Festival deja de creer en sus propias canciones, cuando las trata como relleno y no como núcleo, pierde una parte fundamental de su identidad. Viña no solo perdió glamour. Perdió convicción.
Uno de los golpes más evidentes fue la flexibilización del requisito de inéditas. Al permitir la competencia de canciones ya publicadas —aunque recientes— el certamen optó por la seguridad antes que por el riesgo. Se compite con temas probados, sin exposición real, cuyo eventual éxito ya no puede atribuirse ni al escenario de la Quinta Vergara ni al veredicto impredecible del llamado “monstruo”. Se pierde así ese componente casi mítico —y muchas veces más mitológico que real— de las carreras que parecían despegar a partir de una participación en el Festival.
A esto se suma la pérdida de peso del jurado, cada vez más distante del mundo musical y más cercano a la lógica del rostro televisivo o la cuota circunstancial. Cuando quienes evalúan las canciones no tienen una relación clara con la creación, la interpretación o la tradición musical, la competencia se vuelve un trámite.
El caso de la competencia Folklórica es aún más elocuente. Tal vez ya es momento de transparentar que, en rigor, hace tiempo dejó de ser una competencia de folklore para transformarse —cuando logra hacerlo— en una competencia de música de raíz. Y a veces, ni siquiera eso. El vínculo con las tradiciones, los territorios y las formas musicales que le dieron origen se ha vuelto difuso, cuando no meramente decorativo.
Volver a mirar el Festival
Tal vez por eso, desde hace ya varios veranos, en Paneo Army decidimos volver a mirar el Festival desde otro lugar. No desde la coyuntura ni desde la farándula del momento, sino desde la memoria, el archivo y la conversación pausada. Así nació el ciclo Historias y Anécdotas del Festival de Viña del Mar, donde repasamos presentaciones icónicas y otras injustamente olvidadas, revisamos fragmentos de archivo y comentamos datos sabidos y no tan sabidos, siempre con cariño, pero también con mirada crítica.


