Una escena que me dejó pensand0
Hace unos días, como suelo hacerlo, estuve revisando publicaciones en Instagram. De pronto me encontré con un video en el que figuraba un artista muy querido por nosotros, por lo que me alegré. Pero luego, cuando vi el video en profundidad, sentí una incomodidad difícil de explicar.
Era una transmisión en vivo desde el concierto de Ricardo Montaner en el Movistar Arena. La radio oficial del evento había instalado un estudio móvil en el acceso al recinto y, en medio de la transmisión, se acercó a saludar Charly Benavente, el encargado de abrir el espectáculo.
Lo que ocurrió después me dejó pensando.
Los conductores parecían no saber quién tenían frente a ellos. La conversación derivó rápidamente en que fuera el propio Charly quien comenzara a explicar quién era, qué había hecho, cuál había sido su trayectoria y por qué estaba allí.
No percibí mala intención. Tampoco vi una actitud irrespetuosa en el trato. Pero sí vi algo que, para mí, es igualmente preocupante: la ausencia de preparación. Lo que, en mi forma de verlo, finalmente, sí es una falta de respeto.
Y esa escena me llevó a una pregunta que hace tiempo ronda mi cabeza.
¿En qué momento normalizamos que un comunicador pueda hablar de un artista sin haber dedicado un tiempo mínimo a conocerlo?
No hablo de ser un experto. Nadie puede saberlo todo. Tampoco espero que un periodista conozca cada disco, cada colaboración o cada anécdota de todos los músicos que entrevista. Pero sí creo que existe una diferencia enorme entre no saber y no haberse preparado.
Si eres la radio oficial de un evento y vas a conversar públicamente con uno de sus artistas, me parece razonable esperar que sepas quién es, cuál es su historia y por qué está ahí.
No es un favor que se le hace al músico.
Es parte del trabajo.
Cuando la improvisación se vuelve costumbre
Lamentablemente, no es algo aislado. Diría que sucede a diario, pero me genera mucho más ruido cuando quien realiza el trabajo displicente es alguien que tiene una gran llegada al público masivo. Lo que, en último término, debería implicar una mayor responsabilidad.
Recuerdo cuando Journey se presentó en el Festival de Viña del Mar en el año 2008. Un reconocido periodista de espectáculos, en el noticiero principal y de mayor rating de la televisión chilena, descalificó la vigencia de la banda porque, según él, el único integrante fundador que permanecía era Neal Schon y “los demás eran relleno”.
Aquella frase siempre me pareció injusta y reveladora. Demostraba que la opinión había sido construida sobre un conocimiento muy superficial de la historia de la banda. Y cuando una afirmación así proviene de una de las voces más influyentes del periodismo de espectáculos chileno, deja de ser un simple error: me parece una irresponsabilidad.
Bastaba revisar un poco la historia del grupo para descubrir que Jonathan Cain llevaba décadas siendo uno de los principales compositores de Journey y que Ross Valory había formado parte de gran parte de su historia. Reducirlos a “relleno” era desconocer el aporte fundamental que habían hecho a la identidad musical de la banda.
Y, de paso, olvidaba algo que ocurre con muchísimos grupos.
La formación fundadora no siempre es la formación que define la historia. Esa es la formación clásica.
Si siguiéramos esa lógica, habría que considerar a Ringo Starr un simple reemplazante en The Beatles o a David Gilmour un agregado menor en Pink Floyd. Basta pensarlo unos segundos para entender lo absurdo del planteamiento.
También recuerdo otro episodio, mucho más pequeño, pero igual de ilustrativo.
A fines de los años ochenta, o comienzos de los noventa, el grupo valdiviano Aterrizaje Forzoso se presentó en el programa Siempre Lunes. Al recibirlos, Antonio Vodanovic, dando por sentado que la banda vivía el mismo fenómeno que estaban viviendo otras agrupaciones de la época, comentó:
“Quedan pocos integrantes de la formación original.”
La respuesta fue inmediata.
“Esta es la formación original.”
No hubo polémica. No hubo discusión. Solo quedó en evidencia que se había dado por cierto un dato que nunca fue verificado.
Los tres casos son distintos.
En uno se desconocía a un artista que formaba parte del evento.
En otro se construyó una opinión categórica sobre una banda a partir de una investigación superficial.
Y en el tercero se afirmó un dato simplemente incorrecto.
Sin embargo, todos tienen algo en común.
La sensación de que, a veces, en el periodismo de espectáculos pareciera aceptarse un nivel de improvisación que difícilmente toleraríamos en otras áreas.
¿Aceptaríamos que un periodista deportivo entrevistara a un campeón olímpico sin saber en qué disciplina compite?
¿Aceptaríamos que un comentarista político entrevistara a un ministro sin conocer su trayectoria?
Probablemente no.
Entonces, ¿por qué en la música parece aceptable?
No es un problema exclusivamente chileno
Durante mucho tiempo pensé que simplemente eran anécdotas aisladas. Con los años entendí que tenían un elemento común: la preparación suele considerarse un detalle, cuando para mí es el corazón del oficio.
Este fenómeno tampoco es exclusivo de Chile.
Es conocida, por ejemplo, la anécdota de un ejecutivo discográfico que, tras deshacerse en elogios hacia Pink Floyd durante una reunión, terminó preguntándoles: “Por cierto… ¿cuál de ustedes es Pink?”. La historia fue tan absurda que Roger Waters decidió inmortalizarla en Have a Cigar, incluida en Wish You Were Here (1975). Más allá de la anécdota, ilustra perfectamente el mismo problema: hablar con aparente autoridad sobre alguien a quien, en realidad, no se conoce.
La decisión editorial de Paneo Army
Si hay algo que tenemos en común los integrantes de Paneo Army, es que todos somos melómanos y muy estudiosos de nuestros artistas favoritos. Cada uno de nosotros tuvo la experiencia de esperar una entrevista de algún artista en radio o televisión, con gran expectativa, y darnos cuenta de que el entrevistador no manejaba más de uno o dos datos que el productor le había entregado segundos antes. Al final, la entrevista terminaba siendo una gran decepción y una tremenda oportunidad desperdiciada.
Quizás por eso, desde el primer día en Paneo Army, nos propusimos una regla muy simple: la entrevista comienza mucho antes de encender la cámara.
Comienza escuchando discos.
Leyendo entrevistas anteriores.
Buscando conexiones entre distintas etapas de una carrera.
Intentando descubrir algo que no aparezca en la primera página de una búsqueda en internet.
No porque queramos demostrar cuánto sabemos.
Todo lo contrario.
Porque creemos que una buena entrevista ocurre cuando el entrevistador deja de ser el protagonista y consigue que el artista se sienta realmente escuchado.
Cuando los artistas notan la diferencia
Con los años descubrimos algo que nunca fue un objetivo, pero que terminó confirmando que íbamos por un camino correcto.
Los propios músicos comenzaron a notarlo.
Coque Figueroa, de Ketterer, se sorprendió cuando le preguntamos por una técnica compositiva muy específica que utiliza en sus canciones. Su respuesta fue espontánea:
“Encuentro genial que se hayan dado cuenta de esos detalles. Casi nunca me lo nombran en entrevistas.”
Gael, Patricio Cáceres, nos agradeció “el interés, la investigación”, agregando con humor que conocíamos “más que yo” algunos aspectos de su trabajo reciente.
Y Gonzalo Aloras, al despedirse, nos dijo algo que todavía recordamos:
“Hubo realmente preguntas que me llevaron más lejos de lo que estoy acostumbrado.”
Hay muchísimos más ejemplos de artistas que nos han dejado palabras de agradecimiento, pero no viene al caso enumerarlos. No porque no nos enorgullezcan, sino porque el punto de este artículo nunca ha sido demostrar que Paneo Army hace mejores entrevistas. El punto es otro: mostrar que la preparación cambia profundamente la calidad de una conversación.
No hace mejores periodistas.
Hace mejores entrevistas.
Porque el objetivo nunca ha sido impresionar al entrevistado.
Ha sido respetarlo.
Respetar su historia.
Respetar su trabajo.
Y también respetar a quienes nos dedican su tiempo para escuchar esas conversaciones.
La mejor entrevista todavía no tiene respuesta
Prepararse no es una cortesía.
Es parte del respeto profesional.
Para ser concretos, no estoy defendiendo la preparación porque permita hacer preguntas más inteligentes.
La defiendo porque permite descubrir cosas que de otro modo nunca aparecerían.
Es decir:
Una entrevista mal preparada suele obtener respuestas conocidas.
Una entrevista bien preparada puede generar respuestas nuevas.
Esa diferencia me parece enorme. Es lo que transmiten las palabras de Gonzalo:
“Me llevaron más lejos de lo que estoy acostumbrado.”
Después de todo, el entrevistado nunca debería tener que explicarle al entrevistador por qué merece ser entrevistado.
Esa tarea debió haber terminado mucho antes de que se encendiera el micrófono.
La conversación continúa
Queremos conocer tu experiencia.
¿Recuerdas una entrevista que te haya decepcionado por la evidente falta de preparación de quien la realizó? ¿O, por el contrario, alguna conversación en la que el trabajo previo del entrevistador permitió descubrir una faceta completamente nueva del artista?
Te invitamos a compartir esos ejemplos en todas nuestras redes sociales. Porque, al final, las buenas entrevistas también merecen ser reconocidas. Y quizá, entre todos, podamos contribuir a que sean cada vez más frecuentes.


