I. La experiencia
Venía camino de regreso del trabajo escuchando música, como casi todos los días. Hasta que, reproduciendo la playlist en modo aleatorio, me aparece, como otros cientos de veces “La Trama y El Desenlace” de Jorge Drexler. Una canción liviana, casi cotidiana, pero que tiene una línea que me saca momentáneamente de la canción y me lleva a otro lugar.
"Ir por ahí, como en un film de Éric Rohmer, sin esperar que algo pase" Y de inmediato aparecen en mi cabeza esas películas donde aparentemente no pasa nada: personajes que conversan, caminan, se observan y dejan que el tiempo transcurra. La canción seguía sonando, pero mi cabeza ya estaba en otro sitio.
Pensé entonces en lo mucho que disfruto esos momentos. Esos instantes en que una canción deja de ser solamente una canción y se convierte en una pequeña puerta cultural. Comienzo a mirar el rostro de otros pasajeros del vagón del metro y me pregunto qué otras personas podrían entender la referencia y a que lugares los llevaría.
Porque cuando una letra menciona un libro, una película, un personaje o una idea que conocemos, ocurre algo curioso: la canción se expande.
No es que necesitemos entender la referencia para disfrutarla. La canción funciona igual.
Pero si la reconocemos, el placer se multiplica. Al menos eso me ocurre a mí. De alguna manera el autor pasa a ser un amigo lejano al que lo marcan las mismas cosas que a ti.
Algo parecido me ocurre cuando Joaquín Sabina, en la que probablemente sea una de sus mejores canciones, canta:
“En Comala comprendí. que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”
Quien no ha leído Pedro Páramo escucha simplemente el nombre de un lugar.
Pero quien sí conoce la novela de Juan Rulfo sabe que detrás de esa palabra hay fantasmas, recuerdos, ausencias y una de las atmósferas más memorables de la literatura latinoamericana.
Y entonces una sola palabra arrastra consigo una historia completa.
Lo mismo me ocurre cuando escucho “Sudamérica Suda”, de Sexual Democracia, aquél subvalorado tercer álbum, que para mí es el mejor.
Cuando en la canción homónima del álbum, la letra habla de una ciudad condenada al olvido, de una estirpe marcada por la soledad y de un destino escrito de antemano, me resulta imposible no pensar en Cien años de soledad y en el universo de Gabriel García Márquez.
“Estaba previsto
Que la ciudad de los espejismos
Sería arrasada por el viento…”
Más adelante aparecen la estirpe, la soledad y la sensación de un destino inevitable. Quien no haya leído la novela probablemente recibirá imágenes poderosas. Quien sí la ha leído recibe, además, una conversación silenciosa entre la canción y la literatura.
Entonces surge la pregunta:
¿Qué papel cumplen realmente estas referencias culturales dentro de las canciones?
II. La sospecha
La respuesta más sencilla sería una bastante incómoda.
Porque cualquiera podría decir:
“Bueno, estos artistas llenan sus canciones de referencias a libros, cine o filosofía para parecer más inteligentes.”
Y, siendo honestos, a veces ocurre.
Todos hemos leído textos o escuchado canciones donde la cita parece puesta únicamente para transmitir un mensaje muy específico:
“Miren todo lo que he leído.”
Hay referencias que se sienten como adornos.
Como medallas.
Como credenciales intelectuales exhibidas ante el público.
Por eso la sospecha de esnobismo no es absurda.
Existe.
Y probablemente todos hemos tropezado alguna vez con ella.
Pero mientras más pienso en los ejemplos que realmente me gustan, más me cuesta creer que esa fuera la explicación.
Porque cuando escucho a Drexler mencionar a Rohmer, a Sabina escribir sobre Comala o a Roger Waters dialogar con Orwell, nunca tengo la sensación de estar frente a una demostración de erudición.
Percibo algo muy distinto.
Percibo naturalidad.
III. El artista no puede evitar ser quien es
Y creo que ahí aparece una idea mucho más interesante que la acusación de esnobismo.
Un compositor escribe con las herramientas que tiene.
Un navegante probablemente recurrirá al mar.
Un mecánico hablará de motores.
Un jardinero verá metáforas en las estaciones.
Y un lector voraz terminará escribiendo desde los libros que ha leído.
No necesariamente porque quiera exhibirlos.
Simplemente porque forman parte de su lenguaje interior.
Un autor no deja sus lecturas en la puerta del estudio cuando se sienta a escribir.
Tampoco deja afuera las películas que lo emocionaron, los cuadros que lo impresionaron o los personajes que lo acompañaron durante años.
Todo eso entra con él.
Pienso en una anécdota de Rush.
Cuando la banda se vio obligada a reemplazar a su baterista original, John Rutsey, apareció un joven llamado Neil Peart.
Geddy Lee y Alex Lifeson fueron a conocerlo y notaron algo poco habitual para una audición de rock: había libros sobre la mesa.
Según han contado después, uno de ellos comentó algo así como:
“Es lector. Tal vez pueda ayudarnos con las letras.”
La observación resultó profética y, vista con el diario del lunes, cómica.
Con la llegada de Peart, las canciones de Rush comenzaron a poblarse de ciencia ficción, filosofía, historia y reflexión social.
No porque alguien hubiera decidido convertir a la banda en una enciclopedia ambulante.
Sino porque todo aquello formaba parte del mundo de quien escribía.
Quizás Neil Peart no podía escribir sin que aparecieran la ciencia ficción, la filosofía o la historia.
Quizás Roger Waters no podía pensar una crítica social sin que apareciera Orwell.
Quizás Sabina no podía escribir sobre la memoria y la nostalgia sin que asomara Rulfo.
No porque estuvieran intentando impresionar a nadie.
Porque esas referencias ya eran parte de ellos.
Y cuando creaban, inevitablemente aparecían.
IV. La generosidad
Aquí es donde empecé a mirar el asunto de otra manera.
Porque la acusación de esnobismo supone que la referencia cultural es una barrera.
Una forma de separar a quienes entienden de quienes no entienden.
Pero también es posible interpretarla exactamente al revés.
Como una invitación.
Como un acto de apertura.
Como un gesto de generosidad.
Porque cuando un compositor deja entrar a Rohmer, a Rulfo, a Orwell o a García Márquez en una canción, también está compartiendo algo de sí mismo.
Está diciendo:
“Estos son los libros que me marcaron.”
“Estas son las películas que me emocionaron.”
“Estas son algunas de las ideas que llevo conmigo.”
Y entonces las canciones dejan de ser solamente canciones.
Se convierten en una especie de mapa cultural.
En una biblioteca portátil.
En una colección de influencias compartidas.
Pienso que muchas veces descubrimos libros gracias a las canciones.
Y películas gracias a las canciones.
Y autores gracias a las canciones.
No sería extraño que más de algún lector haya llegado a Juan Rulfo de la mano de Sabina.
O a Orwell después de escuchar Animals de Pink Floyd.
Las canciones no sólo contienen cultura.
A veces también la contagian.
V. La pregunta fascinante
Y entonces aparece la cuestión que más me interesa.
Cuando Sabina escribe “Comala”, ¿espera que el oyente haya leído Pedro Páramo?
Cuando Drexler menciona a Rohmer, ¿espera que conozcamos el cine francés?
Cuando Roger Waters construye Animals dialogando con Rebelión en la granja, ¿espera que el público haya leído a Orwell?
Mi intuición es que la respuesta es sí y no.
Les gustaría.
Probablemente les encanta cuando ocurre.
Pero construyen la frase de modo que funcione incluso para quien no reconoce la referencia.
Y ahí está, para mí, la diferencia fundamental entre una referencia viva y una referencia pedante.
La referencia viva añade una capa.
La referencia pedante es la capa.
La primera enriquece una canción que ya funcionaba por sí sola.
La segunda depende completamente de ser reconocida.
VI. La prueba
Hace algún tiempo entrevistamos a Ohian Ubiergo.
Durante la conversación terminamos hablando de una canción de su proyecto Pastora Bohemia y le comenté que había detectado un guiño al célebre monólogo final del replicante en Blade Runner.
La reacción fue inmediata.
No fue orgullo.
No fue suficiencia.
No fue la satisfacción de alguien que acababa de demostrar cuán culto era.
Fue algo mucho más humano.
Fue alegría.
La alegría de quien descubre que alguien encontró una pequeña señal que había dejado escondida.
Como si dijera:
“¡Exacto! ¡Era eso!”
Y en ese instante sentí que entendía mejor cómo funcionan estas referencias.
No como pruebas de conocimiento.
Sino como puentes.
VII. El placer de reconocer
Porque, al final, el verdadero placer no consiste solamente en entender una referencia.
Consiste en reconocerla.
Y hay una diferencia importante entre ambas cosas.
Entender es un ejercicio intelectual.
Reconocer es un encuentro.
Por eso una canción de Sabina puede llevarnos a Rulfo.
Por eso una mención a Rohmer puede devolvernos a una película vista hace años.
Por eso el universo de Orwell reaparece cuando escuchamos Animals.
Por eso la ciudad condenada al viento de “Sudamérica Suda” puede llevarnos de vuelta a Macondo.
Y por eso el guiño al replicante de Blade Runner produce una sonrisa cuando finalmente lo descubrimos.
Porque durante unos segundos pensamos:
“Yo también conozco ese lugar.”
VIII. El punto de encuentro
Tal vez el verdadero placer de reconocer una referencia cultural en una canción no proviene de demostrar que la entendimos.
Proviene de descubrir que compartimos algo con quien la escribió.
Un libro.
Una película.
Una idea.
Un recuerdo.
Un paisaje cultural.
Durante unos segundos, el compositor deja de ser una voz lejana y se convierte en alguien que también estuvo allí.
Alguien que leyó lo mismo.
Que vio lo mismo.
Que se hizo preguntas parecidas.
Y la canción, entonces, deja de ser solamente música.
Se convierte en un punto de encuentro.
El lugar donde dos personas descubren que llevan algunos de los mismos libros en la mochila.
IX. Una conversación que vale la pena tener
Y ahora me queda dando vueltas una pregunta.
¿Cuáles son esas canciones para ustedes?
¿En qué momento una referencia cultural escondida en una letra les abrió una puerta hacia un libro, una película, una idea o un recuerdo?
¿Hubo alguna canción que los llevara hasta Rulfo, García Márquez, Orwell o algún otro autor?
¿O tal vez ocurrió al revés y fue una lectura la que les permitió descubrir una nueva capa en una canción que ya conocían?
¿Hay alguna referencia que hayan descubierto años después y que les haya cambiado por completo la forma de escuchar una canción?
Y tú, ¿qué canciones te han producido esa sensación? ¿Cuáles son esos guiños culturales que te hicieron detener la música por un instante para sonreír, recordar o ir a buscar un libro?
Cuéntanos tus experiencias, tus descubrimientos y tus recuerdos en las redes de Paneo Army.
Porque sospecho que todos llevamos algunas canciones en los audífonos y algunas bibliotecas en la mochila.


