Primera parte: El despegue
Hay una sensación inigualable en el momento exacto en que cierras la puerta de la casa, subes el último bolso al auto y dejas atrás las extenuantes jornadas de trabajo. Es casi un fenómeno físico: el cuerpo se siente más liviano. El día de inicio de vacaciones uno se levanta con el ánimo a mil, siendo que apenas veinticuatro horas antes te costaba un mundo despegar los ojos para ir a la oficina.
El viaje parte con esa energía de “ahora sí que sí”. Y llega el momento más esperado: seleccionar la música que abre los fuegos. En mi ruta, no puede faltar “Explorador” de Fother Muckers; es la cábala necesaria, el decreto para que todo salga bien. A partir de ahí, la playlist de música chilena toma el control del tablero:
Teleradio Donoso – Amar en el Campo (para sintonizar con el paisaje que empieza a cambiar).
Pedro Piedra – Vacaciones en el más allá.
La Ley – Auto Ruta.
Los Bunkers – Bailando Solo.
Mitad de camino: El trance del paisaje
A mitad de camino ocurre algo mágico. La efervescencia de la salida decanta y la conversación toma una pausa natural. Es ese punto donde el motor y el viento ya son parte del silencio y la música deja de ser un acompañamiento para volverse parte del relieve.
Es el momento perfecto para la música más contemplativa, esa que te trae recuerdos de niñez, de los viajes en familia con los vidrios abajo o de esas primeras aventuras con amistades en la juventud. Aquí la ruta se vuelve un estado mental. Aparece la madera y el sentimiento de Inti-Illimani, la lírica eterna de Silvio Rodríguez o la crudeza melancólica de Los Prisioneros.
Son canciones que tienen el peso de los años, pero que en la carretera suenan frescas, como si cada cerro o cada árbol que pasa por la ventana estuviera contando su propia historia a través de esos acordes. Es el tramo donde te reconcilias con el tiempo y te das cuenta de que lo importante no es solo llegar, sino este "entre medio".
Casi llegando al destino: El grito sagrado
Cuando el cansancio de las horas empieza a asomar, aparece el hito que lo cura todo. Es imposible no recordar el cántico típico de cuando éramos niños y asomábamos la cabeza entre los asientos: “¡Vamos llegando Chubai, Chubai!”.
Ese mantra era el símbolo máximo de victoria; la señal de que ya pronto íbamos a estirar las piernas y sentir el aire del destino. Ese momento donde bajas un poco la ventana y el olor cambia —ya sea a salitre, a pino o a tierra húmeda— y te confirma que la misión fue cumplida.
Apagas el motor, el silencio se siente distinto y te invade esa paz de saber que, una vez más, la cábala funcionó. El viaje fue perfecto, pero la verdadera aventura recién comienza.
¡A desarmar maletas y que empiece el descanso!



