El Blog de Tuga.


¿Qué es exactamente una gran voz?


Hace unos días, en uno de nuestros programas, alguien comentó que la voz de Denise, de Aguaturbia, no era una gran voz.
No hubo escándalo. No hubo discusión larga. Fue casi una observación técnica. Como quien dice: “le falta rango” o “no proyecta lo suficiente”.
Pero me quedé pensando.
¿Qué es exactamente una gran voz?
Porque cuando afirmamos que alguien canta bien, ¿qué estamos evaluando realmente?
¿La afinación?
¿La amplitud?
¿La capacidad de sostener una nota imposible durante diez segundos?
¿La limpieza del vibrato?
   Durante los años 90, esa vara estuvo muy clara. La voz parecía una disciplina olímpica. Se competía por la nota más alta, por el melisma más virtuoso, por el aplauso que coronaba el agudo final. Artistas técnicamente extraordinarias como Mariah Carey o Whitney Houston llevaron esa lógica a niveles admirables. Nadie en su sano juicio podría negar su dominio vocal.
Confieso algo: a mí me aburren las voces perfectas.
    No siempre. No en abstracto. Pero me aburre cuando la perfección se transforma en el centro de gravedad de la canción. Cuando la emoción parece subordinada a la destreza. Cuando siento que estoy escuchando una audición más que una historia.
Y esto no es una verdad universal. Es una declaración personal. Habla de mi forma de escuchar.
Tal vez la pregunta no es si alguien canta bien o mal.

Tal vez la pregunta es otra:
¿Escuchamos para admirar?
¿Escuchamos para emocionarnos?
¿Escuchamos para identificarnos?


Cuando la huella pesa más que la afinación


Si escuchamos para admirar, la técnica es fundamental. Queremos precisión, amplitud, control. Queremos sorprendernos con la capacidad física.
Si escuchamos para emocionarnos, la cosa cambia. La voz deja de ser una exhibición y se transforma en un vehículo.
Y si escuchamos para identificarnos, entonces ya no importa tanto la perfección como la huella.
Ahí vuelvo a Denise. Su voz no será académica. No estará pensada para ganar concursos. Será áspera, frágil por momentos, cargada de una atmósfera muy específica.
¿Es impecable? No necesariamente.
¿Es reemplazable? Difícilmente.

Y esa idea me lleva inevitablemente a otra historia.

Hace muchos años le contaba a un amigo el nacimiento de Lucybell, cuando sus integrantes originales se conocieron en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Le relataba cómo hubo búsquedas iniciales, incluso la posibilidad de que otra persona asumiera la voz principal. Hasta que quedó claro que la voz que encajaba con el proyecto era la de Claudio Valenzuela.

Mi amigo me respondió: “Pero es una mierda de voz”.

Y yo le dije algo que, con el tiempo, entendí mejor de lo que pensaba en ese momento:

“Puede ser. Pero donde sea que los escuches, sabrás que es Lucybell”.

Ahí estaba la clave.

No defendía afinación. Defendía identidad.


Cantante o intérprete


El cantante ejecuta. El intérprete encarna.
   El cantante reproduce con precisión lo que fue grabado. El intérprete se arriesga a que la canción cambie en vivo. Puede quebrarse, puede tensarse, puede incluso desafinar. Pero cuando funciona, ocurre algo que no es cuantificable.


La gimnasia vocal y la corrección digital


En algún momento, la industria llevó la voz hacia la gimnasia. Luego, hacia el otro extremo: la corrección digital. El autotune dejó de ser herramienta puntual y se volvió textura dominante en buena parte del pop contemporáneo.
No tengo una cruzada moral contra la tecnología. Puede ser un recurso estético válido. Pero cuando la herramienta reemplaza la personalidad, volvemos a lo mismo: homogeneidad.
Y es curioso. Los extremos terminan pareciéndose. La voz olímpica y la voz completamente corregida comparten algo: son intercambiables. Son impecables. Pero no siempre son irrepetibles.

Por eso me incomoda la discusión reducida a “canta bien” o “canta mal”.

Porque hay voces técnicamente perfectas que no me dicen nada.

Y hay voces imperfectas que no cambiaría por ninguna otra.

No estoy celebrando la mediocridad. Estoy diciendo que la técnica, por sí sola, no garantiza identidad.

Tal vez una buena voz no es la que mejor canta.

Tal vez es la que hace imposible imaginar la canción en otra garganta.

Entre la admiración y la emoción, yo elijo la emoción.

Entre la perfección y la huella, yo me quedo con la huella.

Y eso, probablemente, dice más de mí que de ellos.


El formato y la uniformidad


Sí, me pasa precisamente eso con los programas de talento. Siento que estandarizan la emoción y privilegian voces técnicamente correctas, pero intercambiables.

Rojo era un programa de televisión, más que cualquier otra cosa. Y los pocos que realmente lograron construir identidad sólida, despegaron cuando dejaron de calzar con esa uniformidad, ya sea que renunciaron o que, incluso, fueron eliminados del programa.

Un caso interesante es el de Luis Pedraza, quien pasó por Rojo y años después ganó una temporada de The Voice Chile.

Recuerdo su audición a ciegas. Varios jurados se dieron vuelta, entre ellos Álvaro López, pero Pedraza eligió a Nicole.

Álvaro comentó que él podría haberle entregado identidad a esa voz, porque venía de un programa donde todos cantan igual.

La frase era más o menos esa- Y era potente.

Pedraza ganó. Técnica intacta. Pero la pregunta es inevitable: ¿realmente su carrera despegó?

Curiosamente, con los años, como Paneo Army nos hicimos cercanos a Charly Benavente, quien salió tercero en esa competencia, y nos ha confesado que no siente que tenga que agradecerle demasiado a su paso por el programa.
Hace poco, en nuestro programa “Hojas de Té”, tuvimos a Olivia García, quien tuvo un paso por otra temporada de The Voice donde ningún jurado se dio vuelta en su audición.
Curiosamente, se produjo una conversación en pantalla donde le pidieron que cantara una canción propia. Esos pocos segundos resultaron en un crecimiento exponencial de sus seguidores y la transformación de un fracaso televisivo en impulso artístico.
Recuerdo también el intercambio entre Beto Cuevas y Francisca Valenzuela. Él comentaba que esos momentos suelen quedar grabados para el relato épico posterior: “mira, y ni se dieron vuelta”. Y Fran respondió algo que fue todavía más honesto: que no sabía si el tipo de carrera calzaban con este tipo de programas; que si ella, años atrás, hubiese ido a un concurso así, probablemente nadie se habría dado vuelta.
El propio Álvaro López dijo algo similar cuando fue jurado en esa primera temporada.
Y ahí vuelve la pregunta inicial.


Entonces, ¿qué estamos buscando?


¿Estamos buscando cantantes o intérpretes?
Pienso en Bob Dylan.
Pienso en Leonard Cohen.
Pienso en Jorge González.
Ninguno ganaría un concurso de talento por pureza vocal.
Pero ¿de verdad alguien los cambiaría por una voz más afinada o con mayor rango?
Seguro que ustedes tienen los suyos.
Esa voz que no era perfecta, pero era irremplazable.
Esa que, técnicamente, “no daba el ancho”… hasta que abría la boca.
¿Cuáles son sus ejemplos?
¿Qué voces técnicamente discutibles no cambiarían por ninguna otra?
¿Qué voces perfectas admiran, pero no necesariamente sienten propias?
Te invitamos a enviarnos tus respuestas en todas las redes sociales de Paneo Army.
Queremos leerlos. Porque esta conversación, más que sobre técnica, es sobre identidad.