Hoy desperté leyendo noticias en el computador. Como ya parece costumbre, predominaban las malas noticias. Entonces recordé que, cuando el país —y a veces el mundo— atraviesa momentos críticos, la gente sale a las calles y surgen canciones que se transforman en himnos de lucha y resistencia: canciones con contenido, furia y rebeldía. Ahí están De Kiruza, Los Prisioneros, Anita Tijoux y buena parte del punk chileno. Pero hoy, ¿qué pasa? ¿Dónde están los sonidos de guerra? ¿Dónde está el descontento hecho música? Pareciera que el estallido social nos golpeó de frente y nos dejó sin voz. No escucho hoy una canción nueva que funcione como símbolo de protesta. Como dirían los propios De Kiruza:

“¿Dónde está tu rebeldía?”
De Kiruza, banda chilena de fusión y rap

En este artículo revisaremos, de manera breve, la historia rebelde de la música chilena y su vínculo con los momentos de tensión social.

Muchas veces responsabilizamos a la industria musical por controlar los hilos del proceso creativo. Sin embargo, cabe preguntarse si la responsabilidad es exclusivamente suya o si también hemos dejado de creer en la música como herramienta de transformación. A ello se suma un factor evidente: el miedo. Miedo a la revancha de un sistema político que, tarde o temprano, podría “facturar” a bandas, artistas y espacios culturales que no se alineen con su modelo. Algunos artistas urbanos han mostrado una voz crítica, pero la mayoría permanece en silencio.

Ilustración: un rostro con los ojos y la boca tapados por manos

La historia rebelde de la música chilena

Nuestra historia reciente ofrece ejemplos claros. Víctor Jara, director de teatro, docente universitario y músico, comenzó creando canciones de protesta desde la realidad de los barrios y las tomas. En un Chile mayoritariamente pobre, su obra conectó profundamente con las bases. Durante la Unidad Popular, el gobierno impulsó y utilizó a artistas como Víctor Jara, Inti-Illimani y Quilapayún para comunicar su programa político. Fue una estrategia eficaz: el mensaje llegaba precisamente donde debía llegar.

Víctor Jara cantando con su guitarra rodeado de niños en una población

Luego llegó el golpe militar y, como dice “La conquistada” de Los Jaivas, “en el horizonte de mi mente se ha escondido el sol”. Con el paso del tiempo, esas canciones circularon en la clandestinidad como expresión de lucha, resistencia y, sobre todo, esperanza. Me pregunto en qué habría terminado el país sin esas canciones que sostuvieron el alma y el corazón de tantos. Escucharlas hoy produce una nostalgia profunda, marcada por la memoria de tiempos de muerte.

Santiago del Nuevo Extremo, Schwenke & Nilo, Sol y Lluvia e Illapu, entre otros, retomaron la posta de la canción de protesta. También se abrieron espacios de reencuentro cultural, como el recordado Café del Cerro en Santiago.

Presentación en vivo en el escenario del Café del Cerro, Santiago

En los años 80 surgió un auge de bandas y artistas que se sumaron a esta corriente cuando el país más lo necesitaba. Su propuesta mantenía una mirada crítica y, al mismo tiempo, invitaba a la ciudadanía a ser protagonista del cambio. Esa energía cultural fue clave para enfrentar y derrotar simbólicamente a la dictadura.

En los años 90 y 2000 disminuyó el ritmo de aparición de bandas con ese mismo espíritu, aunque la tradición nunca desapareció. Un momento memorable fue el regreso de Los Prisioneros al Festival de Viña del Mar, episodio que volvió a poner la incomodidad política sobre un escenario masivo.

Octubre de 2019

Llegamos a octubre de 2019. La sociedad estalló; muchos sabíamos, o al menos intuíamos, que algo así podía ocurrir. En ese contexto, “El baile de los que sobran” dejó de ser una canción emblemática para convertirse nuevamente en un himno de protesta. Ese mes nacieron canciones, grupos tocaron gratuitamente, Los Bunkers volvieron a escena y el mundo cultural se activó con fuerza. Incluso se habló de contactar a Rage Against the Machine para una presentación sorpresa en Santiago. La idea era potente, aunque también riesgosa: imaginar a la banda tocando en Plaza Italia con Santiago ardiendo de fondo resume, al mismo tiempo, su grandeza y su peligro.

Manifestante con la bandera chilena entre barricadas encendidas, octubre de 2019

¿Dónde están los artistas sensibles?

Y hoy, agosto de 2026, el panorama es inquietante: incendios, lluvias, desbordes, recortes a la cultura, la salud y la educación. Pero lo más grave no es solo la crisis; es el silencio. Falta respuesta. Falta creación. Falta una voz colectiva capaz de incomodar.

La pregunta sigue abierta: ¿dónde están los artistas sensibles? ¿Nadie quiere decir nada por miedo? ¿Dónde está tu rebeldía? En fin, prefiero no pensar demasiado en aquello en lo que nos estamos convirtiendo. Mejor entro a mi casa y cierro la puerta, antes de que me roben. Bye.

Rage Against the Machine en vivo, con el escenario iluminado en rojo